Contra natura


Por: Yadira Escobar

MIAMI – Si Estados Unidos es el paraíso de los derechos civiles y de la prosperidad material, ¿cómo es posible que cada día miles y miles de jóvenes se quieran escapar por medio de las drogas? Algún mal profundo que no reconocemos a plenitud, arrastra las nuevas generaciones al uso de esas sustancias que trastornan por completo los sentidos en un escapismo hacia los paraísos artificiales.

Aparentemente cada vez más adolescentes quedan esclavizados a ese vicio que no distingue entre clases sociales, y lo más preocupante es que están descendiendo las críticas serias a ese flagelo que crece sin despertar el escándalo apropiado en la sociedad civil que lo padece. En plena guerra fría, uno de los grandes argumentos del mundo socialista contra el occidente capitalista era la enajenación de la juventud occidental, que vivía al margen del desarrollo social, sin establecer  compromisos  comunitarios coherentes y sacudida por el uso de narcóticos. Hoy esa crítica desde el exterior ya no existe, y dentro de las sociedades de mercado los organismos que se involucran en el problema tienen la batalla perdida, porque las raíces del problema, como un cáncer exponencial, crecen e invaden todo el tejido social a mayor velocidad que los remedios aplicados.

La vida adulta puede ser sacudida por crisis y tragedias personales que expliquen la drogadicción, pero es difícil entender por qué un adolescente que asiste a las escuelas públicas del condado Miami-Dade, por ejemplo, se sienta tan disgustado y triste con su entorno, que le dé por escaparse de esa realidad con el uso de narcóticos. Algunas de las víctimas (sobre todo de la barata heroína) fueron excelentes estudiantes, buenos compañeros y saludables atletas, que en un abrir y cerrar de ojos se transforman en cuerpos maltrechos y nervios destrozados. El problema se ha desarrollado junto a cierto grado de tolerancia e indiferencia, y ya es normal que una banda de música mencione las drogas del momento, o que los jóvenes hablen públicamente sobre las propiedades y diferencias entre sustancias prohibidas por la ley, pero aprobadas por la moda.

La heroína, tan asociada a los adultos del mundo marginal en el pasado, y prohibida su producción nacional por el Congreso desde 1924, hoy se distribuye en píldoras de apariencia inofensiva entre jóvenes que ni siquiera conocen los efectos devastadores sobre la personalidad y el sistema nervioso central. Cuando se mezcla con alcohol mata bastante, y cuando se trata de dejar, el sistema nervioso central está tan adaptado a su analgésico efecto, que se experimentan dolores musculares en todo el cuerpo, convulsiones y alucinaciones durante cinco o seis días. Es la droga más adictiva que se conoce, y en cambio cualquier jovencito en la Florida la puede adquirir por tan solo unos diez dólares.

La mayor parte de la heroína se metaboliza en el hígado y se convierte en morfina, de manera que algunos enfermos sin seguro médico han encontrado alivio a sus dolores comprando esta droga barata en las calles del gran Miami, pero más bien, sigue siendo su uso un desliz común de jóvenes inmaduros que entre las luces de las discotecas, o la oscuridad de un baño escolar demuestran cada vez que la usan su desengaño profundo con la vida natural, o mejor dicho, contra natura que les ofrece su sociedad.