Los Hermanos (carta de un padre a su hijo)

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Por: René Fidel González García (especial para La Joven Cuba)

Amado hijo mío:

El problema es que desde aquí, desde lejos, uno descubre, o mejor, redescubre, así, con asombro, la espiritualidad de nuestro pueblo. Una espiritualidad que se expande interminablemente como un Big Bang muy íntimo y al mismo tiempo desconcertante, o tan sólo como los caminitos de las hormigas; y no te lo digo por nostalgia, como mamá quizás pudiera pensar, en verdad, aunque se tarda mucho en saberlo, la clave que arma esa espiritualidad nuestra es la vocación por la libertad, nuestra necesidad de ser libres.

Creciste en estos años, y desde pequeño te hablé de unos hermanos nuestros que estaban atrapados en la impotencia del odio del enemigo. Es verdad que puse mucha imaginación, que te los describí, sobre todo cuando eras muy chiquitico, como gigantes valientes, fuertes y alegres ( uno de ellos muy flaquito, era el más poeta entre ellos); también es verdad que te hablé, para darle sentido a todo, del enemigo, (ah, el enemigo!) y el por qué de su odio, de su impotente venganza contra nuestras esperanzas, ahora mismo recuerdo lo difícil que fue explicarte qué era una cárcel, qué era la libertad. Eras muy niño, y mis dotes de profesor, o de padre, fueron retados siempre por tus preguntas, que fueron y son grandes preguntas, las más auténticas de todas las preguntas.

Creciste en estos años, pasó el tiempo caracolito mío, y ya puedes entender por tí mismo que en verdad aquellos gigantes eran realmente gigantes, y fuertes y valientes, como lo es siempre cualquier persona decente y digna; y rectificar que el flaquito no era el más poeta entre todos ellos, sino simplemente el más querido por todos ellos; y descubrir, y por ti mismo, que ninguna cárcel puede encarcelar la alegría, y mucho menos la esperanza; e intuír, (en las peleas con mamá, o las caídas de la bici, en tus primeras salidas a los carnavales, en la viejita que ayudamos a cruzar la calle, en los perritos que rescatamos), que la libertad era la vida, que la vida era la libertad, y que siempre entrañaba peligros, porque no había vida sin libertad, ni libertad sin vida; y que el enemigo, ( ah, el enemigo) no era un pueblo noble, que amaba y sentía como nosotros por la libertad, y que tenía sueños y esperanzas, y había luchado siempre, sensible y tierno, como auténticos amadores, como nosotros, por la libertad, sino que el enemigo era el odio, el abuso, la maldad, no importase donde estuviese.

Hace unos días uno de esos gigantes le ha hablado a nuestro pueblo,( a tí, muy cerca, a mí muy lejos, a todos, no importa cómo piensen, ni qué tan lejos estén, ni quiénes sean), y lo ha hecho como lo hacen los niños, con esa ternura desconcertante que es la bondad, y ha pedido, así, tranquilo y noble, que nos pongamos cintas amarillas, para hablar al otro pueblo libre en una clave de amor, y para que los otros gigantes puedan regresar. Andarás hoy con la cinta amarilla, Cuba enterá lo hará, para que el amor sea, otra vez, en esa esperanza y en esa libertad, para que regresen por los caminitos de hormigas, una vez más, los hermanos.

Se libre. te ama, papá