Tony Ávila: “A mi generación le falta arriesgarse”

tony-avilaPor: Bladimir Zamora Céspedes

Nací en La Habana, no porque me hayan parido en un hospital capitalino, sino porque mis padres, ya establecidos en la urbe, fundan allí la familia de la que provengo. Cárdenas y yo nos encontramos a mis casi dos años de existencia, cuando ni por asomo había una guitarra en mi vida.

A muy temprana edad comencé a tararear las melodías que estaban de moda, y a repiquetear en cuanto objeto fuese posible los ritmos que seducían mi incipiente espíritu musical. Más que cantar grité todo lo que pude, fue así que, sin querer, me hice depositario de esa necesidad que antecedió a la otra de escribir canciones y que ambas, posteriormente, me llevaron a defender lo que ya se vislumbraba como el hecho patológico de cantar y hacer canciones. A cantar comencé en Cárdenas, a escribir canciones en Santa Clara, mientras mi otro yo pretendía ser un futuro Técnico Medio en Refrigeración. Allí escribí mi primera canción, que a la sazón era un bolerón de época a lo Orlando Contreras, año 1985, título: “Infame traición”.

La guitarra y yo nos fuimos encontrando de a poco y casi a escondidas. Lo primero que hice desde sus cuerdas fue imitar sonidos, fotografiar movimientos, preguntar y por supuesto, pedir prestada la guitarra alguna que otra vez para poner manos a la obra. Así, y sin más enseñanza, di los primeros pasos, los cuales hoy al menos me alcanzan para guitarrear las canciones que escribo.

Nunca me vi como un trovador, de hecho costó mucho que me asumiera como tal. Siempre me negué, y era lógico, a la idea de pertenecer a ese mundo engrandecido por nombres como Noel, Pablo, Silvio, Amaury, Gerardo, Vicente, Sara, Pepe Ordás, Pedro Luis Ferrer, Varela, Polito, Frank, Carlos Puebla y muchos que han abanderado desde su canto la trova cubana.

Mis primeras canciones las hice a los quince años. Estaban permeadas por la adolescencia y mi paso por esa etapa de la vida. Mis referentes habitaban en toda la música que me era posible escuchar, pero indiscutiblemente la cubana se alzaba con la primacía por toda esa riqueza que posee. Me recuerdo cantando temas de Rubén Blades, repitiendo al Guayabero, cantando a Pedro Luis, a Oscar de León, a Pablo y Silvio, a Van Van… Aún me veo imitando en un inglés terrible la música de los Boney M, Kool & the Gang o Bob Marley, me escucho susurrando un bolero o una trovada tradicional y, por supuesto, no escapé a la Canción Latinoamericana que tanta presencia tuvo en la Cuba de los 80.

Soy, sin dejar de ser yo, un poco de todo eso y más. Soy, además, alguien que cree que en las influencias están los anticuerpos que perfilan el estilo, y la manera de hacer y decir. De todos esos caminos se fue trillando el que transitaré hasta el último de mis días: la Trova. Me presenté como trovador, con premeditación y de manera formal y concebida, en el 2001 en el Museo a la Batalla de Ideas en Cárdenas.

Siempre canté canciones de otros, pero lo que me hizo subir a un escenario por primera vez fueron las mías. Con ellas y desde ellas emprendí este camino, sin saber qué paraderos ni qué suerte me aguardaban en él; mi público eran mi familia, mis amigos, la gente más cercana. Y desde ese anónimo gesto de complicidad con mi obra, nace la certeza de cantar mis canciones; fue ese el motor de arranque, así que me dije: “si no las defiendo yo nadie lo hará por mí”.

El proyecto Suerte de Cangrejos fue esencial y decisivo para mí, porque en primera instancia me hizo partícipe de una cofradía construida con amor y desde el amor; me hizo testigo y coprotagonista de algo hecho para la felicidad de los demás y en especial para la felicidad de los que aman la trova; me dio la oportunidad de crecer desde el acto mismo de ejercer la trova como parte de mi vida.

También me hizo mejor persona, me permitió cantar y compartir con trovadores de toda Cuba y toda generación, me ofreció a mí y a muchos un escenario que al decir de otros tantos se convirtió en el mejor espacio para trovar en Cuba. Aunque hoy no goza de toda la salud que un día exhibió, sí fue un elemento catalizador de la cultura cardenense, y a su vez una puerta que derribó todo obstáculo geográfico para erigirse en camino. Yo solo tuve que andarlo.

Te confieso que no me propongo abarcar por abarcar, una diversidad de caminos o vertientes creativas. Se dan por sí solas en mi vida. Creo que mucho tiene que ver en ello, el desprejuicio con que he asumido mis influencias y la manera en que me veo dando cauce a todo ese arsenal de música y poesía que confluyen en mi. Cuando la musa me sienta a escribir canciones o hacia ello me empujan otras inquietudes, no me limito al concepto de trovador cariacontecido, no me rebusco, ni intento parecer raro acuñando una poética que ni yo mismo entienda.

Todas las vertientes que acometo y yo tenemos una cita permanente y natural con la vida. ¿Cómo no escribir canciones de amor si del amor nací; cómo no tener presencia de lo afro si no es mi piel lo único que tengo de negro; cómo no hacer guarachas si somos puro gozo, picaresca y doble sentido; cómo no cuestionar y filosofar si nuestra propia existencia sigue siendo hoy una pregunta sin respuesta? Me veo como un meandro de cuyos afluentes brota la palabra deseosa de encontrar su desembocadura.

En 2004, el sello In Situ, de la disquera Colibrí, me abrió las puertas de los estudios Juan Blanco en la Habana para grabar un fonograma. No era exactamente mi obra el motivo que nos llevó al estudio, sino el hecho de que este sello había sido creado para que el músico comercializara directamente su música en los lugares de presentación. Esta fue una oportunidad que siempre agradeceré, ya que nos permitió entrar por primera vez en un set de grabaciones. Como elemento a mi favor estuvo la posibilidad de grabar un disco con trece temas, de los cuales doce eran de mi autoría y uno de Ernesto Triana, excelente compositor y amigo. Con la producción musical de Rafael Guedes y Adolfo Costales vio la luz el CD A primera vista.

Tras seis años de ir y venir, aparece de manera fortuita una posibilidad con EGREM, que no había sucedido incluso después de hacer un demo artesanal para dicha casa disquera. Así fue que, en 2010, se rompe el compás de espera gracias a Bis Music, quien dio a mi obra la oportunidad de grabar los temas que componen el CD En tierra, con la producción musical de Lino Lores García, al cual considero uno de los músicos más completos de Cuba, y la coproducción de Justo Rafael Avoy, otro excelente arreglista e instrumentista.

No cuestiono a EGREM por no asumir antes mi música, esa es una de las prerrogativas que tiene toda casa disquera; lo que importa es que se dio una oportunidad y creo que supimos aprovecharla.

Convertida Bis Music en nuestra casa disquera, ahora reabre sus puertas para recibir en calidad de licencia otra producción, que bajo el nombre de Timbirichi pusimos en sus manos para este 2013.

Tener la obra grabada es una condición necesaria pero no suficiente. Creo que mis discos llegaron cuando tenían que llegar, cuando había suficiente madurez para asumirlo y cuando lo que fueron canciones sueltas pasaron a conformar una propuesta definida.

Los trovadores de mi generación tenemos ante todo una infinita herencia de canciones, que trazaron los caminos por los cuales hoy transitamos. Ese hecho en particular, es como nuestra brújula orientadora, ya que nos permite saber quiénes somos y hacia dónde vamos. Lo tenemos todo, primeramente ese historial del que ya hablaba y que nos antecede. Tenemos además el presente fértil y necesitado de canciones comprometidas con su tiempo. Tenemos la posibilidad de trabajar, más que por dejar un legado, por hacerle saber a los que vienen después que aquí estuvimos.

¿Qué le falta a mi generación? Le falta arriesgarse, le falta rescatarse a sí misma del aislamiento y dejar de ver la trova como un espacio limitado y no como el campo abierto para la creación que es. Le falta actuar en defensa propia ya que nadie lo hará por nosotros, le falta conocerse más a sí misma y asumirse sin ciertos prejuicios regionales y estéticos, incluso de estilo, lo cual actúa como una barrera conceptual. Le falta mirarse más por dentro que por fuera, y dejar de ver a ciertos trovadores como fantasmas traidores o herejes.

La vida es cambio y la trova es parte de ella. Mi generación debe hablar menos y hacer más. Somos un montón esparcido por toda Cuba, lleno de fatalismos que son más que geográficos. Silvio dijo que “la guitarra es la guitarra sin envejecer”, Vicente que “la trova es una actitud ante la vida”, y Pablo que “pobre del cantor de nuestros días que no arriesgue su cuerda por no arriesgar su vida”. A mi generación le falta saber qué hacer con lo que tiene, más que saber qué tiene y qué le falta.

Para mí el futuro es ayer. Vivimos en una espiral que para seguir avanzando retorna, toma lo positivo, desecha lo negativo y sigue. De ese modo veo el futuro, por eso mis compromisos con él ya están sobre la mesa. Lo primero es trabajar para que nada me sorprenda asando maíz, no me veo corriendo o quemando etapas, tampoco sentado en mi acera meciendo el éxito que alguna u otra canción me haya traído. Mi futuro se está haciendo ya, a golpe de saber que se construye todos los días. Lo único que sí sé, es que a él voy a llegar cantando.

Tomado de: El Caimán Barbudo