Varadero

Varadero blog cuba joven Este es un excelente artículo escrito por una joven periodista miembro de la tribu bloguera cubana. Su blog Chelykaleidoscopio lo creo “porque hoy el mundo da vuelta alrededor mío de un modo tan arbitrario que parece armonioso, pero es caótico, justo como los caleidoscopios. En este crónica que queremos compartir con los lectores de La Joven Cuba, nos cuenta su peripecia de un viaje que realizara a Varadero.

Por: Aracelys Avilés Suárez. tomado del blog http://holguineros.wordpress.com

“La diferencia entre un pueblo de playa y un pueblo balneario estriba en que este tiene afluencia turística todo el año. Afluencia fantasma, porque su público viste albornoces blancos como sábanas, dentro y fuera del recinto de las termas”.(1)

Mientras leía este fragmento de cuento, el recuerdo de Varadero me vino de golpe, como si hubiera estado agazapado en alguna parte de mi cabeza listo para sorprenderme. Varadero no es un pueblo balneario, es un pueblo de playa, los turistas no caminan envueltos en paños blancos, ni se consumen en aguas termales, pero aquellas calles tenían algo de fantasmal.

Betsita y yo caminábamos. “Aquí todas las cuadras son de 50 metros, así que nada queda demasiado lejos”, algo así me dijo Bet y me fue presentando su pequeño universo. Yo intentaba imaginarla en esta avenida de pequeña, paseando frente a esas casas de madera, oscuras, crujientes, añejas. Imaginé también a mis padres, porque la primera referencia que tuve de este lugar, fue un retrato medio sepia y ochentoso de mami y papi sentados bajo una sombrillita, en plena luna de miel.

La noche era clara y fría. El aire se movía sinuoso por entre nosotras que habíamos salido aún cuando era tarde y se estaba cálido en casa. Pensé que Varadero se parecería más a Guardalavaca, con sus áreas verdes y sus construcciones hoteleras impecables, herméticas y ajenas. Varadero tenía, además, este pueblo silencioso, como si la vida estuviera en otra parte, como si nos hubiéramos escapado hacia un paréntesis de lo que normalmente es este lugar.

“Vamos al parque Josone”, dijo Bet. El nombre me dio un poco de gracia: es la unión de José y Onelia, los antiguos dueños de lo que parece una finca o un zoológico. Ensayé otras combinaciones de los nombres, pero todos sonaban igual de burlescos. Entramos en un lugar muy oscuro, apenas alumbrado por farolas, donde había una laguna artificial, un puente y un pato insómnico que aún deambulaba por allí. Todo contrastaba muchísimo con la comicidad del nombre. Cruzamos el puente, por momentos pensé que estábamos totalmente solas, pero unos camareros dejaban ver sus uniformes tras las puertas entreabiertas. Después de jugar con el flash de la cámara y hacer algunas piruetas, seguimos unas flechas pintadas en el suelo que conducían a una casa cerrada, y a una pradera oscura…

Dice Bet que allí estudió para sus pruebas de ingreso a la universidad acostada en la yerba, pero yo solo podía pensar que en cualquier momento una jauría de lobos saldría desde lejos o que descubriríamos a un tipo encapuchado, quizás tras la campana abandonada que había al término de las flechas o tras las maderas que clausuraban la puerta de un túnel, que según Bet, nadie utiliza.

Ya casi nos íbamos y un auto nos alumbró a lo lejos, nos apartamos. Era evidente que ya no aparecería el tipo, ni los lobos. De regreso, ni siquiera el pato insómnico andaba cerca.

By the river of Babylon…

Terminamos en Los Beatles, un sitio al aire libre con mesitas para turistas y música de “la década”, o mejor dicho, música en inglés también de los 80′ y los 90′. Estábamos allí, pero era un mundo ajeno, no sé cómo se sentirá Bet, pero es como ser un foráneo en tu propia casa, vivir en un sitio donde no puedes pagarte lo que ves a diario, o donde parece que siempre hay visita. Es un pueblo cosmopolita, donde no funciona eso de “pueblo chiquito, infierno grande”, porque hay gente nueva todos los días. Aunque tal vez sí, Bet encontró a muchos conocidos mientras caminábamos por la carretera, y a mí me parecía raro, porque en este lugar da la sensación de que nadie se conoce, que es un implante en medio de Cuba, un pedazo de New York recortado, sin los edificios, ni la gente.

¿Qué habré visto yo de Varadero? Es un lugar que cambia mucho, quizás ese era solo Varadero en una noche de fin de semana en enero, que es muy diferente a una noche en junio, o en cualquier día de semana.

Después de tanta frialdad, de ver gente impecable y ajena, la casa de Bet era un nidito cálido, un nido de gato, con el cariño de su familia. Creo que fue allí donde conocí al fin a Varadero, porque desde esa madriguera comencé a visualizar la vida, que como aquí, existía más allá de las puertas entreabiertas, las maderas crujientes y añejas, en el mar (que conocimos de noche y de día) y en un parque Josonedonde, de seguro, nacen casi todas las historias de amor de este pueblo, ¿no es así Bet?

(1) “Ciudad en formol” de Jorge Carrión.