El problema son los androides

confusion sobre el fraude en cuba
Leyenda

Este es un excelente artículo escrito por una joven periodista miembro de la tribu bloguera cubana. Su blog Chelykaleidoscopio lo creo “porque hoy el mundo da vuelta alrededor mío de un modo tan arbitrario que parece armonioso, pero es caótico, justo como los caleidoscopios”. En este artículo que queremos compartir con los lectores de La Joven Cuba, nos da su visión sobre el fenómeno de la burocracia.

 

Por: Aracelys Avilés Suárez.   tomado del blog http://holguineros.wordpress.com

 

Desde hace unos años me he vuelto una “planificadora”. Todas las tareas, proyectos pendientes, hasta la más mínima gestión, llegan a atormentarme si no están en un papel. Solo encuentro sosiego cuando ese cúmulo de “lo por hacer”, deja de revolotear sobre mi cabeza como diablitos con lanzas y se va a dormir a mi agenda, en ocasiones hasta con fecha y procedimiento de cómo deben cumplirse. He tenido que valerme de un sistema (el de anotar y tachar) para que mi desmemoria no me haga perder el rumbo.

 

En su esencia, la burocracia busca algo parecido, ser un mecanismo útil aunque no siempre lo logre. Según el escritor checo Milan Kundera, su par austríaco Adam Stifter fue el primero en teorizar sobre el significado existencial de la burocracia, cuando en su novela “El otoño de la vida” plantea el conflicto de Risach, un alto funcionario que abandona su puesto en una oficina para instalarse en el campo. Afirma Kundera que Risach trabajaba en una administración, pero a medida que esta se fue ampliando, tuvieron que contratar un mayor número de empleados, no siempre competentes; por ello, se hizo imprescindible crear un sistema que permitiera hacer las operaciones necesarias “sin que la desigual eficiencia de los funcionarios las pervirtieran o las debilitaran”. Para Risach los mecanismos se complejizaron demasiado, por eso decidió huir al campo, donde la vida aún conservaba su espontaneidad.

 

La burocracia en sí no concibe la espontaneidad, es un conjunto de reglas preconcebidas, un modo de organizarse, un mecanismo que intenta que un Estado, una empresa, cumplan procesos más allá de la desmemoria o las motivaciones de las personas, también más allá de sus impulsos más primitivos, y es aquí donde se contradice al creer que puede eclipsar la subjetividad de cada persona. Es como si intentáramos acomodar en una piña las bolas del billar, todas caben dentro del triángulo de manera casi perfecta, porque hay uniformidad entre ellas, sin embargo, las personas no somos iguales, a veces ni siquiera parecidas.

 

Hasta aquí llegamos a la conclusión de que la burocracia no puede superar el factor humano, depende de él para su funcionamiento, y lo peor de todo es que nosotros como individuos dependemos de la manera en que la burocracia ha organizado nuestras vidas. Es decir, el mundo moderno no podría existir sin procedimientos burocráticos. A saber, todos los días nos enfrentamos con disímiles de ellos: en primer lugar tenemos un documento de identidad que le dice a los demás quiénes somos; si vamos a viajar, hay que sacar un pasaje con antelación, un papelito que resume los derechos del viajante; si se compra en una tienda, queda registrado y obtienes un comprobante de pago. Cada vez que intentamos una acción donde entran a jugar otras instituciones, hay un mecanismo creado para que tu relación con ellos sea lo más armoniosa posible y, además, quede constancia de ello.

 

Según algunos estudiosos, cuando los trámites funcionan a la perfección, pues entonces hay burocracia, porque el procedimiento ha dado resultado, en el caso contrario, estamos hablando de burocratismo.

 

Las aberraciones de la burocracia llegan cuando hay exceso de reglamentaciones, cuando hay una mala interpretación de las leyes creadas, etc., de eso sabemos bastante, pero es el factor humano quien pervierte el mecanismo.

 

A lo que quiero llegar es que la burocracia en sí no es el problema, aunque lo genere de alguna manera. Es el hombre, ese ser voluble y lleno de contradicciones, quien crea el procedimiento burocrático, es él quien lo malinterpreta, es él quien deja de cumplir por pereza, desmotivación, falta de honradez, etc. La burocracia vendría a ser como un cubo lleno de agua que cargamos a diario y que en cualquier tropiezo puede derramarse, y convertirse en otra cosa. Es usual que después de creado un proceder, el burócrata se tire de bruces sobre él a descansar como en un colchón de pluma, sin cuestionarse jamás su efectividad; es usual también que las personas dejen de pensar, de decidir, en vistas de que todo está contenido en “los papeles”, en un dictamen frío que también puede volverse obsoleto, porque ese dictamen, ese procedimiento preconcebido, no es más que eso, una especie de androide sin alma, de autómata, puesto ahí para que cumpla siempre las mismas órdenes de la misma forma.

 

Parece que el robot puede andar solo, que es independiente, pero necesita siempre del ser humano para que le de cuerda, para que lo repare, le cambie las piezas. El hombre mismo puede volverse un autómata, contagiado por esa fiebre de inmovilismo. Hay que mirar a la burocracia no como a la tortuga de Mafalda, sino como ese animalito que puede ser nuestro aliado, no aliado para esconderse, dejar de pensar, trabajar menos, sino para hacer más simple la vida de los otros. Todo depende de usted mismo, porque, en todo caso, el problema no es la burocracia, sino los burócratas.