Cinco minutos para Hugo Chinea

 

“Mi insignificancia no merecía siquiera que usted me dedicara un mínimo espacio en sus heroicos recuerdos”

Por: Leonardo Padura Fuentes, escritor.

París, 3 de octubre de 2012. (Respuesta a la carta publicada el 16/10/2012)

A: Sr Hugo Chinea.

Como usted bien dice, tenemos el derecho a la réplica. Y aunque siempre me digo que no vale la pena gastar tiempo y neuronas en responder ataques de personas a las que las mueven motivaciones inquisitoriales como las que exhibe usted en su réplica/autoentrevista a propósito de mi persona y a propósito de la suya. Pero en este caso tendré la deferencia de aclararle algunas cosas, aunque, la verdad, apenas voy a dedicar cinco minutos a hacerlo. Invertir más de mi valioso tiempo, que por lo general dedico a escribir literatura, sería absurdo.
Minuto 1.
– Creo que si alguien tiene necesidad de mentir para mejorar o borrar momentos de su pasado es usted, no yo. No tengo oscuridades que ocultar, sobre todo oscuridades que hayan podido afectar a otras personas. A usted, sin embargo, por mucho que patalee y por más consignas que repita, la historia (si tiene tanta memoria como para recordarlo) lo condenará. De hecho, ya lo ha condenado. Tanto que, como usted mismo dice, algunos creían que usted ya era cadáver.
Minuto 2.
– Si fuera necesario, podría mencionar nombres de otros redactores de El Caimán Barbudo que se vieron en la misma situación que yo, convocados a rendir cuentas de lo que escribían en aquellos primeros años de la década de 1980. Aunque usted no nos recuerde, diga no conocernos, seguramente ellos lo podrán evocar, como yo, con aquel safari gris que tanto le gustaba usar. Como antes le dije: los que pueden provocar miedo suelen olvidar a sus víctimas. Los que sentimos miedo (y yo lo sentí en aquellos tiempos de inicios de 1980, cuando me “regañaban”), no lo olvidamos tan fácil. Claro, mi insignificancia no merecía siquiera que usted me dedicara un mínimo espacio en sus heroicos recuerdos.
Minuto 3.
– ¿Por qué personajes como usted siempre tienen que pensar, sugerir, decir que quiénes tenemos opiniones diferentes y queremos fijar la memoria del país en que hemos vivido somos resentidos que, además, podemos cumplir con los encargos de otros resentidos? ¿Por qué el hecho de decir lo que se piensa tiene que ser siempre el fruto de manipulaciones? (Lo cito: segun usted yo actúo “como si cumpliera un encargo” o respondiera a “Intereses ajenos [que] parecen  acunarlo entre sus manos y lo  utilizan, aunque tal vez no se dé, o quiera darse  cuenta de ello…”. Parece que se ha puesto de moda lanzar acusaciones de esta índole (y peores) sobre intelectuales cubanos en activo, con no sé que oscuro (verdaderamente oscuro)  propósito. Y cuando habla de la corrupción como algo imposible de concebir en un miembro del Partido, parece que se le olvida los casos que todos conocemos y que, incluso, de vez en cuando salen en nuestra prensa. Y no precisamente por haberse robado unos litros de gasolina, que es algo tan normal…
Minuto 4.
Usted sugiere que mi resentimiento se debe a un fondo oscuro que puedo tener por ser religioso u homosexual. Afirma en un momento de su autoentrevista: “Por la fecha que él señala, años 80, ya estaba reparada, desde hacía varios años, aquella exclusión de homosexuales y creyentes de labores de enseñanza y otras de la vida cultural del país -desconozco si él estaría en alguna de esas situaciones y de ahí su fondo oscuro”, [el subrayado es mío, L.P.F.]… ¿Quiere decir que ser religioso u homosexual en Cuba implica cargar oscuridades morales o políticas? No sé que pensarán de sus juicios los miembros de la comunidad gay y lesbiana de Cuba y los practicantes de las diversas religiones, a quienes usted parece considerar seres de las tinieblas morales, según creo haber leído. Quizás ellos puedan responderle algo al respecto. Por mi parte queda bastante clara su homofobia y su resquemor contra los creyentes.
Minuto 5.
-Sobre el resentimiento y la profesión de practicar el odio al parecer tan grato a personas como usted, dedico este último minuto de mi tiempo a copiar y pegar un artículo que escribí hace unos meses y que si lo lee, puede que le resulte familiar…
Minuto 5 y medio: El hombre que amaba a los perros es Premio de la Crítica Literaria 2011 en Cuba. Además tiene ya otros cinco premios internacionales, incluido el “Roger Caillois”, lo cual, supongo, o quisiera suponer, debe o debería, ser un orgullo para la cultura cubana a la que pertenezco… porque ni soy ni me hago el sueco. Menos cuando se trata de la verdad.
Sin más tiempo para usted y su pobre intento de salvarse acusando a otros, ahí va… Ah, fecho mi respuesta en París… pero estaré en Mantilla, como siempre, (¿conoce Mantilla?) la proxima semana.

LOS HORRORES DEL MUNDO MORAL
LEONARDO PADURA
Las épocas turbulentas generan pasiones que no pueden dejar de ser turbulentas. En medio de esas alteraciones, disputas y luchas por la subsistencia, o por la preeminencia que esté en juego, la posible focalización del interés público en una determinada coyuntura social o política suele propiciar que afloren, con mayor intensidad de lo habitual, las miserias humanas. Una de las más comunes manifestaciones de esas actitudes es la búsqueda de protagonismo y hasta de soñadas dosis de poder y, con ellas, que los individuos traten de colocarse lo más cerca posible de ese reflector alimentado por la energía de la turbulencia, pretendiendo adquirir una corporeidad con la cual jamás habrían podido soñar en épocas, países, sociedades normales.

O, cuando menos, que tales personajes se aprovechan de las circunstancias que, en la atmósfera turbia del temporal, les permiten detentar una cierta cercanía a la luz, desde la cual se erigen aunque solo sea para crear sombras sobre quienes tienen mayor posibilidad de brillar. Una de las estrategias humanamente más lamentables y socialmente más miserables es la de azuzar el odio desde una supuesta o pretendida pureza propia, la de juzgar y proponerse disminuir a los demás con cualquier acusación u opinión denigrante; la de reclamarle a los otros lo que el reclamante, en igual posición o disyuntiva, jamás se habría atrevido (o se atrevió) a poner en práctica. Por lo demás, no importa que la denigración sea falsa, injusta, traída por los pelos: lo importante es que la acusación –o incluso el simple rumor- salga al ruedo y circule, generando cuando menos sospecha sobre el denigrado y, de paso –algo muy ansiado- interés en la integridad del denigrante. Momentos dorados de estos personajes han sido las décadas del estalinismo (no solo en la URSS), los años del fascismo, los tiempo del maccartismo: épocas turbulentas, muy similares, por cierto, en sus capacidades para las destilaciones de odio.

Los cubanos, fácil es advertirlo, sabemos mucho de estas artes de la mezquindad. Una de nuestras historias de odio y envidia más ejemplares ocurrió cuando apenas comenzábamos a ser propiamente cubanos. Su clímax se produjo entre los meses finales de 1836 y los primeros días de 1837 (lo cual, para una nación tan joven, constituye muestra de una larga práctica histórica), cuando el poeta romántico José María Heredia, desterrado en México por sus ideas independentistas, pidió un permiso a las autoridades coloniales de la isla para realizar la que sería su última visita a Cuba, para ver a su madre y a su patria antes de morir. Fue entonces cuando el gran mecenas, crítico, pero mediocre poeta Domingo del Monte, con quien Heredia había compartido una cercana amistad en los días gloriosos de la adolescencia y la juventud, luego de un fugaz encuentro, se negó a entrevistarse con el bardo llegado del exilio.

En una carta enviada a otro de los poetas menores de aquel tiempo, Domingo del Monte exponía las razones de su distanciamiento respecto a Heredia, y con toda intención las revestía de consideraciones de carácter político: nunca,
expresaba el entonces muy acaudalado del Monte, Heredia debió haberse rebajado a pedir una autorización al gobierno colonial para visitar a Cuba. “…Vino a La Habana [decía en aquella misiva] solicitando antes permiso […] por medio
de una carta […] que no me gustó ni ha gustado a ninguna persona de delicadeza; entre éstas cuento al mismo Blas [de Osés, también amigo de Heredia], que desaprobó un acto de sumisión semejante… [Heredia] Perdió un prestigio
inmenso poético-patriótico, tanto que la juventud esquivaba el verle y tratarle. Él, sin embargo, dice y cree que no ha cometido ninguna acción villana que lo rebaje, y extraña que se lo juzgue con tanta severidad.” Y en una carta dirigida al propio Heredia, en la que inventa justificaciones para sus “desencuentros”, llega, en cambio, a calificarlo de “ángel caído”.

Como muchas veces suele ocurrir, el en apariencia vertical Domingo del Monte, desde esta época emparentado por matrimonio con un poderoso clan azucarero- financiero, sería el mismo que unos pocos años después de haber escrito estas cartas, temeroso ante el rumbo tomado por los acontecimientos en Cuba, se vería envuelto en la denuncia de la existencia de un complot inglés para promover la independencia cubana. Según algunos historiadores, su delación dio lugar a la llamada Conspiración de la Escalera, que costó la vida a cientos de negros cubanos, presuntos confabulados, cruelmente reprimidos. Mientras la isla se removía con ejecuciones y encarcelamientos, del Monte huyó a Europa, a pesar de que nunca fue formalmente acusado como conspirador y de que, en varias ocasiones, se manifestó públicamente contrario a cualquier intento independentista.
En realidad, detrás de aquellas palabras y actitudes de Domingo del Monte con respecto a José María Heredia, en las que exprimía al máximo la complicada situación del gran poeta, se escondían dos poderosas y muy mezquinas razones: la primera, la más peligrosa, era que precisamente Heredia conocía de los pasados devaneos y oportunismos políticos del ahora gran mecenas de la literatura cubana, una historia que provenía de los días lejanos en que Heredia se había enrolado en una conspiración independentista y del Monte –descubierto el complot por las autoridades- se había esfumado del mundo civilizado para ir a esperar el paso de la tormenta represiva en un pueblo todavía hoy tan remoto
como Guane, en el casi despoblado confín occidental de la isla. La razón de su actitud de 1836, obviamente, implicaba una estrategia de ocultamiento de pecados propios a través de la exhibición lacerante de posibles deslices ajenos, criticados con acritud en misivas y charlas que, él bien lo sabía, trascenderían al espacio público.

La segunda razón, más evidente aún, es que José María Heredia era considerado por entonces la más importante voz lírica de Cuba, una de las más notables de América y del ámbito de la lengua española, mientras del Monte solo había llegado a ser un pergeñador de versos mediocres. Esta otra razón, en aquella época y todavía hoy, se llama envidia y se destila a través del odio y sus múltiples manifestaciones encaminadas a escamotear la grandeza a la que resulta imposible aspirar por méritos propios (un tema sobre el cual Milos Forman nos regaló su célebre Amadeus)… un sentimiento que germina silvestre en los mundillos literarios. Y con especial fertilidad en los cubanos, donde resulta más fácil hallar vituperios que elogios. Dentro y fuera de la isla.

Pero lo más significativo de esta dolorosa relación marcada por la mezquindad, revelada allá en los tiempos germinales de lo que ha sido la cultura, el carácter, el espíritu cubano, resulta la artimaña de cómo Domingo del Monte esconde tras supuestas integridades ideológicas y principios políticos, una incontrolable envidia artística crecida hasta convertirse en odio.

Si me detengo en una historia tan lejana en el tiempo, propia de unas circunstancias ya inexistentes en sus detalles propios, es porque su contenido humano tiene no solo un carácter ejemplar, sino, sobre todo, permanente. Más aun: espantosamente actual. La estrategia de atacar “al otro” para, con esa cortina de humo, ocultar biografías bochornosas, miedos vividos, valentías nunca mostradas, participaciones que luego resultan molestas dentro de la nueva biografía re-creada, ha sido y constituye una práctica cubana a la que han acudido personajillos de las más diversas filiaciones políticas y cataduras morales.

El recurso de esgrimir purezas ideológicas (utilizadas más de las veces, en realidad, como escaleras para ascensos sociales y hasta económicos), supurar odios viscerales como si se tratase de urgentes actos de justicia, y vomitar
toneladas de envidia por el éxito del otro, por la actitud más limpia, por la consecuencia y el valor del riesgo y el sostenimiento de la verdad (siempre del otro), forman parte de una realidad con demasiados representantes dentro y
fuera de la isla, profesionales del odio y el ataque artero, al estilo delmontino, a la manera de los Salieri.

Estos voceros de la intransigencia política, artística y hasta moral, se visten con los uniformes de militantes de las ortodoxias extremas, disfraces de los cuales se valen para, más con mezquindad que con verdadero espíritu de denuncia o amor a la verdad, hacerse un espacio en las estructuras de poder o de influencia, tomar una corporeidad que nos les pertenece gracias al reflector de la turbulencia… y denigrar a cuantos les resten alguna luz.

La “democratización” que ha propiciado la Internet, con las revistas digitales, los sitios webs y los blogs, han alimentado el florecimiento de una plaga de estos individuos. Cierto es que estos medios, en efecto más democráticos por su accesibilidad (más que complicada dentro de la isla), han propiciado una vía de expresión a personas honestas y valientes que, incluso, en ocasiones han puesto muchas cosas en riesgo por expresar sus opiniones. Pero también es innegable la abundancia de oportunistas de toda laya que, gozando de disímiles protecciones (incluso de grupos de poder), o en ocasiones hasta escondiendo la propia identidad tras seudónimos, se dedican a la denigración de quienes se les oponen, molestan o ponen en evidencia. O simplemente a aquellos a los que envidian, por razones muy similares a las que movieron, hace casi dos siglos, a Domingo del Monte: el ocultamiento de pecados propios y el odio al
éxito que ellos nunca alcanzarán –entre otras cosas por la debilidad que les emana de su propia catadura ética.

En París, La Habana, Madrid; en un campamento cubano de trabajadores voluntarios; en Miami o en Holguín… en cualquier parte afloran, rumian sus envidias y exhiben sus odios estos seres nefastos con los que a muchos cubanos,
artistas o no, nos ha tocado convivir en nuestra turbulenta época. Entonces no resulta para nada extraño que en su célebre “Himno del desterrado”, poema que él solo bastaría para inmortalizar a su autor y para superar, de paso, toda la obra literaria de Domingo del Monte y sus acólitos, José María Heredia, con poco más de veinte años y ya sufriendo el exilio, haya debido exclamar, pensando en el destino de su patria y, seguramente, en las actitudes de algunos de sus compatriotas:

¡Dulce Cuba! ¡en tu seno se miran
En su grado más alto y profundo,
La belleza del físico mundo,
Los horrores del mundo moral.