Hablando de lo mío: la indiferencia política

Indiferencia política
“Para nuestra conciencia, nosotros no tenemos la culpa ya que cambiar la situación no estaba a nuestro alcance. Entonces, por fin, tras la queja diaria, nos hemos acostumbrados a la realidad…”

Por: Vincenzo Basile

Especial para La Joven Cuba

La indiferencia sociólogica, en el sentido de que nos convierte en hombres blasé, es causa y a la vez consecuencia de otro tipo de mal, la indiferencia política. Giorgio Gaber, un histórico compositor italiano, burlándose del ‘libre hombre occidental’ dió una precisa definición de libertad política:

Querría ser libre, libre como un hombre que necesita viajar con su propria fantasía y que encuentra este espacio solamente en su democracia, que tiene el derecho a votar y que pasa su vida a delegar; y que en hacerse gobernar ha encontrado su propria libertad.

La libertad no es escalar un árbol; ni siquiera es tener una opinión; la libertad no es una espacio libre; libertad es participación”.

Aunque no se trate de una definición propiamente ortodoxa, esas palabras marcan claramente los conceptos de democracia representativa, de democracia participativa y de lo que -durante siglos- ha sido la historia del pensamiento político y del desarrollo de los altos conceptos de ciudadanía y derechos políticos.

Esa banal reflexión nada más es que una descripción de la consecuencia de un enraizamiento de la obsesiva repartición del ser humano entre el bourgeois y el citoyen, es decir, entre el burgués y el ciudadano. El primero es el hombre privado, el hombre que vive para satisfacer sus proprias necesidades individuales (materiales o espirituales) ; el segundo es el hombre público, el que participa a la vida colectiva de su propria ciudad. Esta dialéctica, en la ideología liberal, se resuelve con la democracia representativa : el ciudadano -con su voto- elige a la clase política que lo gobernará y se despoja de cualquier carga para así poder ejercer en plenitud su deseo a ser un burgués, su deseo a la acumulación y a la satisfacción de sus intereses particulares.

Cuando esta forma de pensar se fija intensamente en la sociedad (así como ha ocurrido en mi sociedad) se genera la indiferencia política. El hombre privado, el burgués, ya no se siente responsable de lo que ocurre en su país; él está demasiado ocupado a interesarse de sus asuntos personales para meterse en los asuntos políticos. Ya no le importa. Él ha votado y con esa acción ha delagado la que era su naturaleza pública, se ha deshecho de ella. La política es un asunto complejo y difícil, y requiere grandes trabajos e intensos sacrificios. Delegarla es la forma mejor para vivir plenamente su individualidad.

Han pasado los años, tal vez los siglos, y el bourgeois italiano ha externalizado la máxima expresión de su particularidad, mientras que la política se ha convertido en un asunto sucio, en un negocio de unos pocos y en algo de lo que hay que tener cuidado. La clase dirigente, la clase política toda, de esa mal llamada democracia, se identifica con un grupuzculo de personas sin valores y sin ideas, sin capacidades y sin propuestas; personas que, gracias a nuestra indiferencia, se han impuesto en el poder y quedan ahí desde hace más de sesenta años, intercambiándose constantemente los encargos y las poltronas parlamentarias sin que nadie, nunca, los haya puesto ahí. De vez en cuando, por lo general cada veinte años, cuando la situación se hace insostenible, se realiza el famoso cambio de república. Eso sucedió en los primeros años noventa, cuando -tras una serie de escándalos de corrupción- la clase política tuvo que “renovarse” frente a los “renovados” citoyen otra vez interesados al destino de su país.

Entonces aparecieron los hijos, los hermanos, los nietos de los que habían huído en otros países para evitar la prisión o de los que se hiceron nombrar (por si mismos) senadores de por vida para gozar de una inmunidad penal perpetua. Con esos nuevos “rostros”, de los apellidos conocidos, y con “nuevos partidos” nacidos casi en un día, se inauguró la segunda república y el bourgeois le ganó otra vez al citoyen que volvió en su usual letargo. Mis proprios recuerdos empiezan desde aquí.

El legado de la segunda república pesa sobre mis hombros. He crecido como un perfecto burgués aniquilado por veinte años de fascismo mediático. Canales públicos y privados nos han inculcado el ‘valor’ del desarrollo material cueste lo que cueste. He asistido a la decadencia -y luego a la desaparición- de todo tipo de programa cultural y a la difusión de grandes hermanos y otros reality (presenciados por hombres y mujeres blasé) que han pretendido decirme cuales tenían que ser mis sueños, mis aspiraciónes, mis deseos: ser como ellos. El año pasado, el evento más importante ha sido la boda de William y Kate, la fábula moderna, así la llamaron los medios que reprodujeron hasta el asco todos los más minuciosos detalles de la vergozosa ‘real’ unión.

Acaban de pasar veinte años y ahora hablamos de una próxima tercera república. El partido que ha dominado la escena política en esa temporada, el partido derechista de Silvio Berlusconi, ha tenido que dejar el poder tras más de diez años de escándalos de lazos con la mafia, corrupción, sobornos, prostitución y, por último, prostitución infantil. Al mismo tiempo, su más poderoso aliado,la Lega Nord, un partido xenófobo y separatista que pretende crear una república independiente en el nordeste de Italia, basándose en improbables diferencias históricas, ha sido involucrado también en un tremendo escándalo de corrupción.

¿Y creen que fuimos nosotros los que decimos: “¡ya basta!”? Claramente no. Ha sido necesario una intervención extranjera (FMI, BCE y “UE”) que nos ha quitado la última aparencia de soberanía y ha obligado “nuestros políticos” a hacer un llamado paso atrás para reemplazarlos con banqueros y empresarios, mal llamados “técnicos”, puestos ahí para responder servilmente a los mandos del Fondo Monetario Internacional y a sus ‘recetas’ contra la crisis.

En ese sentido somos indiferentes políticos. Los de mi generación hemos asistido a todo tipo de ultraje ético, político, humano. Durante años hemos visto al líder de la LegaNordlevantar su dedo medio hacia la bandera nacional; hemos oído a sus “vasallos” hacer discursos en plaza para fomentar el miedo al diferente, al extranjero, al islámico. Hemos asistido a los “discursos” de Berlusconi y a sus consejos a las chicas italianas que si son bellas deben buscar un marido rico; hemos tenido que aceptar su justificación de viejo senil excitado cuando nos dijo que les gustan las chicas jóvenes, mejor eso que ser gay. Hemos visto a la prensa mundial burlarse de nosotros y hemos tenido que callarnos. Hemos tenido que aceptar a la nieta del mismo Mussolini como parlamentaria y que hace pocos años declaró: “Soy fascista, mejor eso que ser maricón”.

Muchos podrán replicar diciendo que fuimos nosotros, o mejor, la mayoría de nosotros quien eligió a esta clase política. No hay nada más equivocado. El “sistema electoral” (hecho por ellos mismos) a los ciudadanos nos otorga un solo derecho; el derecho a poner una X sobre el símbolo de uno de las decenas de partidos que nacen más rápidos que los hongos. Así es. Una X y ya se acabó mi derecho a ejercer mi ciudadanía. Luego, el partido que gana la mayoría relativa (o sea un 25% en un país con decenas de partidos), gana las elecciones. Es decir, el partido que cuenta con el apoyo de la cuarta parte de la población italiana puede elegir a los ministros, al presidente del consejo de ministros, a la mayoría de los diputados y de los senadores (que luego eligen al presidente dela República) quienes por fin tomarán decisiones en forma casi dictatorial, sin consultar con nadie, sin pedir opiniones. Nada.

No sé si es culpa de nosotros; si es culpa de esa “clase política”; si es culpa de sistema europeo en general; si es culpa de los medios -públicos y privados- que nos han quitado del derecho de pensar. Lo que puedo afirmar es que nosotros hemos sido cómplices de eso. Nos hemos quejado diariamente durante los últimos diez años. Hemos asistido a “protestas” y “manifestaciones”. Para nuestra conciencia, nosotros no tenemos la culpa ya que cambiar la situación no estaba a nuestro alcance. Entonces, por fin, tras la queja diaria, nos hemos acostumbrados a la realidad; hemos aprendido a decir “así van las cosas”, “así es la política” mientras que un grupo de incapaces, semianalfabetos y prostitutas (parlamentarias) destruía dos mil años de cultura y de historia.

Es aquí que se manifesta lo trágico. Cuando el blasé se funde con el indiferente político el resultado es eso: indiferencia juntada con la pásiva aceptación de los acontecimientos.

Esta es la razón por la cual nos podemos calificar “indiferentes”. No hemos hecho nada. No hacemos nada ahora que nuestra soberanía está prácticamente vacía. Y, probablemente, no harémos nada durante la futura mal llamada tercera república cuando nos enfrentaremos a los nietos de otro alguien. Ya sabemos: ¡las cosas van así!

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