Hijos de mamá y papá

Caricatura de Gerardo Hernández Nordelo

Por Sayli Sosa Barceló

La frase siempre me produjo cierto sentimiento de orfandad, de indefensión, aun cuando mis padres gozaban, y gozan, de buena salud. No sé si a ellos les dejaba ese sabor raro, como de inexistencia o nulidad, pues, si se viene al caso, también eran ellos mamás y papás.

Aprendí pronto, sin embargo, que no era cuestión de afectos, ni de maternidad o paternidad responsable.

Había, y hay, en ese enunciado, una carga semántica que alude a otros asuntos, más relacionados con el poder y el uso que se hace de él, que con los vínculos familiares.

Por tanto, en el preuniversitario, que fue el momento en que comencé a tener mayor claridad sobre el tema, hijos de mamá y papá eran unos pocos, a contrapelo del montón de “huérfanos” que llenábamos los pasillos y las aulas.

Resultaba sencillo reconocerlos. Por azar compartían el mismo grupo, que podía ser el A o el B. Allí estaban los vástagos de reconocidos doctores, funcionarios públicos (del gobierno o el partido), altos oficiales del MININT o las FAR, encumbrados deportistas, populares artistas, directivos de empresas, incluso destacados profesores, en fin, una pléyade que ya tenía espacio en el firmamento sin haber hecho nada por merecerlo.

Algunos no tenían nombre. ¡¿?! Bueno, lo que quise decir es que no se les conocía por el suyo, sino por el apellido de uno de sus progenitores, o sea, se hablaba del hijo de Fulano, la hija de Mengana, hasta el sobrino de Zutano.

Casi ninguno iba a trabajar al campo, pues la lista de los que hacían el autoservicio, entiéndase pasarle el brillador al pasillo central, tocar el timbre, ser asistente del subdirector de Internado o de Producción, jardinero, entre otras ocupaciones de menor esfuerzo, el primer día del curso ya estaba elaborada y cada cual sabía lo que le correspondía.

Sobre todo a las chicas, se les veía muy poco en el comedor, en ese momento de genuina igualdad en el que se compartía el almuerzo y la comida de cada jornada. Y aunque nunca expendieron refrescos enlatados en la escuela, sí estaban en la basura, los días entre semana.

Luego, el domingo. ¡Ah!, bendito domingo. O maldito. Porque aunque mi madre nunca se quejó, no era muy feliz la idea de “inventar” de lunes a sábado para llenar una jaba que debía cargar hasta el estribo del vetusto camión (¡y gracias que había un camión!).

Y al llegar… pues los carros de mamá y papá, con sus chapas azules (en ese entonces no había carmelitas), en fila, a la sombra de los flamboyanes. Eso, en caso de que no existiera previamente un pase por algún asunto menor, pero impostergable.

Durante el verano, eran punto fijo en las piscinas de los moteles a los que no todo el mundo podía entrar. Los de mejor suerte, por decirlo así, no necesitaban esa opción, pues conocieron hoteles en Varadero y Cayo Coco.

En la Universidad también había este tipo de diferencias entre muchachos y muchachas de la misma edad, en el mismo país. Como estudié en la capital cubana, ya imaginará, estimado lector, que conocí a muchos hijos, nietos, sobrinos de…

Pero, con un poco más de años y madurez, la sensación de orfandad no caló demasiado, pues, a fin de cuentas, esta futura reportera, hija de campesino y oficinista, llegó adonde quería. Tal certeza, no obstante, mantuvo la inquietud y el malestar, aun a riesgo de herir susceptibilidades.

Una anécdota muy conocida del Guerrillero Heroico asegura que durante una visita a una fábrica donde se ensamblaban bicicletas alguien quiso regalarle una a su hija y él dijo que cuando pudiera pagarla con su salario, la niña tendría una. Mas el Che murió en 1967, y no todos aprehendieron su legado de honradez y sentido revolucionario.

Podrán juzgar algunos estas letras como un inventario de rencores. Juro que no lo es. Tales experiencias solo contribuyeron a moldear mi carácter, siempre con la convicción de que aunque pareciera normal tal estado de cosas, no lo era.

No puede serlo, menos ahora que tratamos de enderezar el tronco de un árbol que dejamos se torciera, dando sombra y frutos a algunos. La Historia ha demostrado que cuando aceptamos tales posturas, alejadas del ideal que nos trajo hasta aquí, y vemos como naturales ciertos privilegios y beneficios (cuya legalidad no está refrendada en ningún documento), la realidad nos devuelve una imagen distorsionada de lo que aspiramos, o incluso pretendemos, ser.

El imaginario popular cubano tiene varias frases para estos ejemplos, como aquella de una mano lava la otra, que unas veces remite a la solidaridad, pero otras tantas al intercambio de influencias entre quienes las tienen. Una tergiversación que trocó socialismo en sociolismo. Sí, se parecen, pero no son lo mismo.

He oído justificaciones como “imagínate, con tamaña responsabilidad, después de un año de trabajo, es justo que disfrute las vacaciones en un buen lugar”. Y me pregunto, ¿los campesinos que año tras año abastecen más o menos los mercados no merecerían una gratificación similar? ¿Y el obrero que mantiene trabajando una maquinaria del año de ñañaseré y con ello garantiza el transporte ferroviario? ¿Y el vaquero que se levanta cuando los demás duermen para aportar leche para los niños? ¿No son esas responsabilidades tan importantes como la de un directivo o funcionario?

Raúl llamó a eliminar gratuidades indebidas y estoy de acuerdo. Lo que pasa es que con ellas, por ejemplo, se terminaron los hospedajes en hoteles para vanguardias nacionales, lo que constituía no solo un estímulo moral, sino material. En ese entonces casi todo el mundo sabía que con los dichosos viajes había gato encerrado, y muchos que ni siquiera eran buenos trabajadores disfrutaban de las bondades del Estado. Mas, botamos el sofá. Una medida pareja, pero, en la concreta, algunos papás, mamás y sus hijos, siguen, y perdonen la crudeza de la frase, “vacilando el comunismo”.

En un país que apuesta por las formas de distribución socialista, donde a cada cual se le de en la medida de su capacidad y trabajo, los padres debían estar convencidos de que sus hijos tienen que labrarse su propio camino, sin recibir nada solo por su ascendencia. Porque, en primera instancia, un cargo, en cualquier nivel, no es herencia, sino mérito. Creo que debí haber empezado por aquí.