La feria de los contrastes

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La Feria del Libro recibe cada año millones de cubanos a lo largo de toda la isla.

Por: Gabriela González González

En febrero asistí  por segunda vez a la Feria del Libro en La Habana. La primera vez fui cuando tenía 8 años y en ese entonces mi papá me compraba textos hermosos, con figuras atractivas, páginas plegables, tesoros de papel escondidos en su interior que al abrirlos sorprendían a los observadores. Pero esta vez, ya con 19 años y unos cuantos meses, los escogí yo. Claro, esta vez todo era diferente. Debía pensar en el más funcional y útil para mi profesión, en el más atractivo a mis gustos, en aquellos escritos por autores de referencia y  en el precio de cada uno.

Ese día me sentí partícipe de una verdadera fiesta del libro. Una fiesta donde te regocijan formar parte de largas colas, porque es una muestra más de la cultura del pueblo cubano y sobre todo porque avanzan con una rapidez increíble. Cuando me adentré a las bóvedas de libros, sentí que paseaba por una galería de saberes divididos por temas, por países, por  la tipología de los ejemplares.

En el recorrido me topé con una galería dedicada a libros sobre filosofía y comunismo. Allí había un vendedor inglés. Tenía la mirada dulce y su rostro inspiraba aires de intelectualidad. Mis ojos se clavaron en los ejemplares expuestos sobre la mesa como La Revolución traicionada,  de Trotsky y el inglés decodificó mi lenguaje extra verbal, comenzó hablarme del autor  y me reseñó de forma crítica la obra.

Escuché a aquel hombre como si nunca hubiera oído el nombre de Trotsky. Decía que era su libro preferido y que se vendían en esa sala otros muy interesantes. El inglés continuó entendiendo mis gestos, pues me Alarmé al observar el precio. Entonces, me preguntó si era estudiante y cuando escuchó las palabras: “estudio periodismo”, se le dibujó una perfecta sonrisa en los labios. La conversación fluyó con más naturalidad. El hombre contó que era miembro del Partido Comunista de Inglaterra y que en medio de las revueltas en Egipto vendió textos de marxismo allí en aras de alimentar el pensamiento revolucionario de los obreros egipcios.

Los otros vendedores de la sala eran también muy joviales y amables. Explicaban brevemente la sinopsis de aquellos ejemplares que eran ojeados por el público. Otra muchacha inglesa que hablaba muy bien español, vendía con mucho placer periódicos extranjeros como si con ellos ayudara a compartir los secretos del mundo.

Entre tantos malos tratos que he recibido cuando solicito un servicio, ya no recordaba qué significa ser cliente. Ciertamente el hombre de mirada de intelectual me lo mostró, la muchacha me rememoró que la pasión por el trabajo inspira a mover montañas y que el mejor atributo de cualquier producto es el que depende del arte del vendedor.

Cuando estudiaba en el IPVCE Carlos Marx, mis compañeros de estudio me nombraban polilla, porque según ellos devoraba los libros y las libretas de tanto estudiar. Ciertamente ese día de   feria intenté satisfacer mi hambre solo con libros, pero me fue imposible. Por ello cuando salí de la Cabaña junto con mis familiares, traté de encontrar un lugar idóneo para comer algo relativamente barato y a la sombra.

En medio de muchísimos kioscos repletos de clientes, sobresalía un pequeño restaurant al aire libre con una estructura formada por un techo y cuatro columnas.

El espacio gastronómico, de cuyo nombre no quiero acordarme,  era el único lugar con sombra en aquel paraje y aunque poseía pocas mesas y sillas, se encontraba casi vació. El lugar despertaba dudas y misterios, pues una entidad como esa en medio de una feria y en un día soleado, era como un merengue en la puerta de un colegio.

La sombra abundante del lugar motivó a mis familiares a sentarse allí. Nos recibió un muchacho joven y educado y con mucha amabilidad  enseñó el menú. Pedimos algo de carne, pero en esa entidad no se ofertaba arroz y como es uno de mis alimentos preferidos, pedí a mi novio que comprara, entre tantos kioscos, una caja de arroz frito.

Y así fue. Trajo una caja de comida proveniente de una entidad estatal. Trajo una caja con alimentos que no era robada. En la caja no venía un cuchillo, ni bombas, no existían drogas, ni cigarros, ni alcohol. La dichosa caja solo contenía un nutriente que casualmente no ofertaban en el restaurant. Pero, a la jefa de aquel lugar le pareció lo contrario.

A nuestra mesa se acercó el muchacho que nos había recibido y con su buena educación nos dijo que no podíamos traer comida de ningún otro lugar si consumíamos allí. No lo entendía, le hice repetir las mismas palabras tres veces, o ciertamente no las podía creer. Pedí al muchacho que por favor solicitara a su jefa. Ella estaba parada observándolo todo.

Ya había visto las cajas sobre la mesa y solo movía la cabeza en sentido negativo, sin hablar una palabra. Tampoco quería ir hacia nosotros y proporcionar una simple explicación. El muchacho le insistió. Ella cedió y sus palabras fueron: Aunque no lo crean esto es un restaurant y no está permitido que traigan comida de afuera, aquí tiene que consumir lo ofertado por nosotros.

No sé si fue amablemente o con grosería, pero le pregunté en qué documentos o estatutos del país se establecía eso. Su defensa: no ofenda al país. Ella  dijo  eso  a una simple muchacha que  podría hacer más por su Revolución y por su patria, pero que llora al ver a Fidel, al escuchar el himno de Bayamo y la Tercera Internacional, que sufre cuando observa una bandera cubana mojarse y añora vivir para siempre en esta isla verde y hermosa.

Intercambiamos unas cuantas palabras más. Sin embargo, no nos entendimos. Sus explicaciones en realidad no lo eran. La jefa nadó en un mar de palabras sin avanzar ni un metro. Finalmente, nos fuimos y dejamos atrás ese misterioso lugar con sombra, pero vacío. Ahora con el misterio resuelto.

Rememoro, analizo, vuelvo a pensar y  me alcanzan los dedos delas manos para contar las ocasiones en que me consideraron una cliente y no una mendiga. Mas, soy soñadora y creo en el mejoramiento humano y en el de la sociedad. Algún día asistiré a una feria y me reseñarán con amabilidad un libro. Después, visitaré cualquier entidad gastronómica, dirán: Buenas. Usted manda, cliente.