Dañina tendencia

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Los jóvenes deben tener confianza en que sus criterios serán escuchados.

Por Yasel Toledo Garnache (Estudiante de Periodismo. Universidad de Holguín. Oscar Lucero Moya)

¿Para qué quejarse, si nada se resuelve? ¿Para qué hablar, si todo sigue igual? Son expresiones habituales en la población cubana.

En ocasiones, las respuestas evasivas y justificativas quebrantan el interés de algunos ciudadanos, quienes pierden el interés en emitir quejas y sugerencias.

Ciertas inquietudes se desvanecen en el aire de las despreocupaciones o en las páginas de una agenda.

A veces, las asambleas en centros estudiantiles y cuadras carecen de espíritu crítico y reflexivo, porque los participantes consideran que sus planteamientos no tendrán respuesta clara, ni rápida.

Es cierto que existen cuestiones sujetas a necesidades económicas, pero también otras que no.

Se necesita más compromiso con el pueblo. Algunos jefes deben bajarse de los carros, caminar entre la gente de “a pie”, visitar cafeterías estatales, montarse en el transporte público, y recordar que ellos no son dioses.

Sólo así comprenderán la dimensión de las quejas. Las respuestas deben ser concretas, sin rodeos, pues las curvas no son buenas ni para manejar.

Cierto dirigente nacional –ninguno de los grandes grandes- en cierta ocasión me dijo: “Ah! Pero ese es un problema

de todas las provincias”. Mi respuesta fue inmediata: “Disculpe, pero esa es una razón más para solucionarlo. ¿Su reacción? Sólo dijo: “Bueno, déjame apuntarlo en la agenda.

¡Tremenda decepción! Estábamos en un evento nacional, para “hablar con confianza sobre nuestras realidades y buscar soluciones”. Espero que el resto de las inquietudes, allí expresadas, no sean prisioneras en las páginas de un cuaderno. Al menos las mías parece que no se han librado.

Hoy, no sólo el periódico Granma incluye la sección Cartas al Director, semanarios provinciales también lo hacen. Pero algunas inquietudes de los lectores son lágrimas en la lluvia de desatenciones y faltas de contestaciones.

¿Hasta cuándo sucederá eso? ¿Acaso el pueblo no merece respuestas rápidas y concretas, sin justificaciones falsas?

A veces, creo que las reuniones de rendiciones de cuentas en las comunidades son fantasmas o personajes ficticios, huérfanos de verdadero debate y búsqueda de soluciones. He visto a los llamados delegados de circunscripción quedarse sin voz ante ciertos reclamos o sólo responder: “yo lo tramité y no he recibido contestación”. Sin embargo, lo peor es que ya numerosos cubanos ni siquiera se molestan en decir lo que piensan, “porque es en vano”. Y si en todos los lugares no sucede así, me alegro mucho.

Con frecuencia, veo a “excelsos revolucionarios” asustarse ante cualquier opinión valiente. Las reacciones casi siempre demuestran falta de tolerancia y miedo al análisis. ¿Acaso le tememos a las palabras? A veces, -y por favor quienes no compartan mis criterios, discúlpenme, aunque en verdad no me importa su aceptación- pienso que algunos de quienes de forma constante dicen ¡Viva…! y ¡Patria o…! no tienen suficientes argumentos ante inquietudes recurrentes en la base.

En ocasiones, creo que ese hombre o mujer frente al grupo de personas va a estallar. Se pone rojo (a), pone su mano en la cabeza, luego cruza los brazos, se quita el sudor de la frente, ya no aguanta más, interrumpe al joven que habla sin miedo porque dijeron que este es el momento. Ahora, ya sé, viene el discurso, lo del bloqueo económico, la crisis…, eso no es así…, el momento histórico… ¿Acaso él (ella) no percibe los males del burocratismo, no sufre los altos precios del transporte privado, no vive en Cuba…?

No me vayan a tildar… o hagan lo que quieran. Soy revolucionario, amante de la historia nacional. Empero no soy ciego y, aunque jamás me hagan caso, siempre diré lo que pienso.

Algunas realidades tienen que cambiar.

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