A un año sin Rufo

Por: Randol Peresalas

A un año de su muerte, todavía Rufo Caballero sigue viendo películas. Quienes compartimos con él tantas horas de metraje necesitamos recurrir a esa ilusión. No hay modo de acostumbrarnos a la idea de que el crítico de cine más completo de su generación se pierda lo último de Lars Von Trier o de Almodóvar. En lo personal, prefiero engañarme así. Todavía no me siento preparado para determinar quién es mejor, si Glenn Close o Meryl Streep.

Hijo natural de Cárdenas, trasladó su imaginario a las estrechas calles de Centro Habana. Entre perros callejeros, mulatas insolentes y guapos de esquina, aprendió a hallar la belleza en los rincones más improbables. Su andar pausado y mirada socarrona lo convirtió en una suerte de Lezama Lima, aunque definitivamente más alegre. Como contraste, poseía una agilidad para entenderlo todo que pasmaba al más avisado. Lo digo con conocimiento de causa. Desde la platea de un cine o teatro era capaz de dilucidar, a la velocidad de un relámpago, esas sutilezas que comportan los procesos más complejos: los del arte y los de la vida.

Tal era su espíritu inquieto, su laboriosidad desmedida, que en sus últimos días y probablemente sin ánimos, dedicó unas páginas a la Cuba que tanto veneró. Por todos lados se anunciaban cambios, los rumores dejaban los pasillos y vagaban sueltos, por las esquinas, en las guaguas. Su inteligencia, en cambio, le permitió advertir lo esencial: ningún cambio representará nada, si antes no somos capaces de salvar lo mejor de nosotros mismos. Sus esperanzas en una sociedad más abierta, satisfecha y emprendedora, con hombres y mujeres respetuosos del pasado y orgullosos de sus actos, las cifró en los jóvenes. A ellos dedicó su energía, su magisterio, y también su venático humor. No faltan quienes todavía le imitan su estilo de escritura y hasta esa pose desenfadada que adoptaba frente a una  cámara de televisión. Rufo los enseñó bien, y para siempre. ¿Por qué? Tal vez porque para él nunca hubo distinción. Todo joven, desde el más discreto hasta el más frenético, podía contribuir a soñar y crear la isla de estos tiempos.

Rufo sabía que tarde o temprano la sociedad cubana debía enfrentar cambios profundos, vueltas de tuerca hasta el infinito, si era necesario. Desde antes ya avizoraba el avance en algunos frentes, las escaramuzas en otros. Por eso siempre se mantuvo firme en un criterio que ahora extraigo del que, probablemente, fuera su último artículo: “No se puede seguir hablando de valores sin obviar la economía; ya ha sido suficiente error la pretensión de que un país se sostiene y se alimenta de ideales, de utopías, de consignas; porque, a la postre, sin sostén económico, se quiebran los ideales, las consignas, las utopías”.

No bastándole, aclaró: “Entre unos y otros, existe una franja intermedia, de gente interesada en hacer ver que Revolución quiere decir que la gente viva, que la gente respire, que el salario valga, que el dinero contribuya a robustecer valores espirituales, que calidad de emociones significa calidad de vida, y que el sacrificio no es una finalidad sino un medio.” Después de estas palabras, no queda más que quitarse el sombrero. Pero hacerlo en serio, como lo hiciera él tantas veces frente a quienes admiró y no vaciló en llamarles maestros desde la humildad del sabio.

Hace poco veía en la premiación de los Lucas a alguien que se quejó con acierto de lo huérfano que nos había dejado. ¡Cuánta falta nos hace Rufo! ¡Cómo lo necesitamos ahora que pululan algunos filósofos de la cultura devenidos “economistas” del neoliberalismo, ahora que algunos que nunca pasaron de emborronar cuartillas con poemas cursis se creen “líderes” de opinión! La verdad es que no me imagino el comentario de Rufo, pero sí su sonrisa caústica, demoledora. Porque además de brillante, era más libre que cualquiera de ellos y sin menos dinero en el bolsillo. Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, difícilmente podremos olvidar una de sus exhortaciones más recurrentes: todo, menos el odio. Y es verdad. Porque el odio no solo ciega; el odio seca por dentro y por fuera.

Rufo nunca simpatizó con quienes desafiaban por el solo hecho de destacar. Aquellos que lo enfrentaron en persona o a través de las páginas de una revista, haciendo amagos penosos por manchar su talento como crítico y como hombre, sufrieron en su momento el aplastante peso de su lógica, de su incansable voluntad por superar lo aprendido y enseñarlo. Tuvo enemigos, nadie lo dude; pero a todos supo perdonar desde sus escritos más iluminados. Si alguna vez hirió, tengan la seguridad de que su corazón se vio acorralado, y cuando eso sucede, la furia que todos llevamos dentro es imposible de aplacar ni con el más juicioso de los consejos.

Rufo no vivía de ilusiones vagas. Las suyas eran reales, o, al menos, posibles. Cuando desde su erudición era capaz de destrozar el concepto de utopía, dándole el relieve merecido de lugar imposible, de invento maravilloso pero falaz, jamás se le oyeron palabras desalentadoras contra quienes aún tenían razones suficientes para abrazar la esperanza en esos términos. Porque, a fin de cuentas, él mismo era un soñador furibundo. Si bien negó el hecho de que las utopías fueran alcanzables, porque eso implicaría su desnaturalización como término filosófico y como aventura de vida, nunca dudó de la capacidad humana para perfeccionarse. Rufo no esperaba la llegada del Hombre Nuevo: su brío lo guardaba para saludar al Hombre Bueno. Presentía que el sueño era posible en una dimensión cercana a la tolerancia, al perdón y los mejores sentimientos. Estaba convencido de que a pesar de los errores, todavía quedaba terreno para labrar ideas justas. Porque los errores fueron de humanos, no de malévolos demonios como nos quieren hace creer no pocos despechados.

No creo en la vida más allá de la muerte. Pero Rufo nos dejó demasiado vacíos para creernos, sin más ni más, que su arrojo se contentará con esa paz eterna que cuentan los libros. Dicen que Borges dijo, a mi no me crean, que lo único que quería después de muerto era volver de vez en cuando a leer los periódicos. Rufo debe estar reclamando lo mismo. Y es muy probable que también exija ver algunas películas. De cualquier forma, no creo que nada ni nadie le impida disfrutar del porvenir. Y cuando los cambios en su isla sean una realidad, él estará donde sea para sonreír, para estrujar el periódico en un arranque de júbilo. Vivir para ver.