¿Quién es el mejor?

Por Rubiel De la Cruz Rabí (estudiante de Periodismo de la Universidad de Holguín)

La reunión terminó violenta. A pesar de los años transcurridos en la universidad, la amistad colegiala, probada muchas veces, parecía reducida a una guerra desenfrenada para aclarar quién iba primero. Algo normal, porque casi terminando la carrera alguien se dio cuenta de que “eso de sacarse trapitos al sol” funciona bien cuando el rival es superior pero…no es “cumplidor”.

Analizar los méritos y facultades de los miembros de cualquier colectivo en Cuba se ha convertido en la tarea preferida de quienes fungen como inquisidores burócratas. Lo que en un momento dado demostró ser un medio eficaz de reconocimiento a los más sacrificados ahora se limita a una desactualizada, rutinaria y obtusa asamblea.

El principal síntoma del inquisidor es su rostro fracasado, parlotea sobre todo y no se especializa en nada, navega entre lo mediocre y lo ridículo, pues su necesidad de ser el centro lo convierte en el ojo acusador de todos y contra todos.

El problema radica esencialmente en la falta de estímulo para los sobresalientes. Aplaudir y premiar con un simple certificado solo llena las expectativas de cierto grupo de avanzada. Para algunos, los debates asambleístas constituyen la única vía de sentirse en la cima ante la amenaza que supone un conflicto real entre ellos: rigurosos cumplidores, y los verdaderos líderes en el desempeño escolar o profesional.

La ineludible reducción de plantillas infladas en el sector estatal, anunciadas desde antes del VI Congreso del Partido, trajo consigo un riguroso proceso de idoneidad en el que solo los más “capaces” son honrados con un puesto laboral. Los inconvenientes repercuten en todos los ámbitos, van desde la eliminación de las gratuidades (que incluía viajes a los trabajadores destacados y vanguardias) hasta un desbalanceado otorgamiento de plazas a los graduados universitarios.

Tales pasos en la necesaria actualización del modelo económico cubano admite entonces una tensa competencia, inclinada en el pasado a requisitos políticos más que a la condición de expertos. Quizá por eso en el documento base de la Primera Conferencia Nacional del Partido a celebrarse en enero de 2012 se llame a velar, además de la preparación político-ideológica, por las cualidades personales de los cuadros, sean o no militantes.

“Estuvimos tantos años enfocados en el materialismo que olvidamos lo espiritual”, reconoce un dirigente partidista, y es que lejos de rodearnos de voceros de consignas políticas, acríticos y justificadores de lo mal hecho escudándose en la supuesta defensa de la Revolución, el país necesita cumplidores en el deber sagrado de ser más cubanos, más humanos y revolucionarios en el sentido más profundo y actualizado de la palabra.

El título fundamental es el de ser humanos, sin etiquetas como deseara el poeta chileno Pablo Neruda. Claro que el socialismo, un sistema imperfecto y en construcción en Cuba, debe corregirse para evitar la vida en sombras a este grupo de “primera línea” que presume de sólida ideología, pero niega con su actuar el significado de ella.

Farsantes auténticos, diría Truman Capote, pero la verdad es que tal situación parece no tener solución inmediata y mientras tanto los “superiores”, que presumen menos, hablan poco, pero son demasiados buenos en su labor, esperan que en las envejecidas asambleas el estímulo sea más consistente que reconocer sólo entre muchos quién es el mejor.

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