Apología del intelectual cubano

"Todos los hombres son intelectuales... pero no todos tienen la función de intelectuales en la sociedad" (Antonio Gramsci).

Por: Harold Cárdenas Lema

En las condiciones de América Latina, desarrollar prejuicios contra los intelectuales equivale a renunciar las banderas de la cultura. Néstor Kohan

Un intelectual es la persona que dedica una parte importante de su actividad vital al estudio y a la reflexión crítica sobre la realidad. Conozco a varios de ellos, incluso algunos de renombre nacional y a los que respeto muchísimo, por otra parte he visto a muchas personas subestimarlos y denigrarlos continuamente, a menudo con argumentos superficiales. Desde hace mucho tenía pensado dedicarles unas líneas y reivindicarlos como se merecen, más aún en el contexto actual.

En nuestro país la relación entre la intelectualidad y el Estado no ha sido un camino de flores, gracias al cielo no se cometieron los extremos que en la URSS pero sí hubo malentendidos y aún hoy no se comprende enteramente que la función de estos es precisamente crítica, de compromiso con nuestra realidad y nuestro futuro, y la única manera que tienen de mejorar nuestros muchos errores es a través de una crítica responsable que no siempre es comprendida así.

Comenzando por las reuniones entre Fidel y los intelectuales en 1961 que serían conocidas luego como las Palabras a los Intelectuales, simplificación que no comparto porque da a entender que la conversación fue en una sola dirección, cuando en realidad no fue así. Solo basta recordar el clima de respeto y franqueza que se estableció luego de que Virgilio Piñera rompiera el hielo diciendo que temía por la relación Estado-intelectuales (con razón, si se mira la experiencia soviética), Fidel dio una explicación extensa que luego se sintetizó en la frase “dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada”. Tampoco me gusta este resumen del encuentro porque resulta muy ambiguo y da pie a lo que luego ocurriría: en manos de los funcionarios de Cultura los límites de qué estaba dentro y qué estaba fuera de la Revolución resultaron muy difusos y optaron (como es usual) por la interpretación más extrema, salvo contadas excepciones.

Pero Cuba fue el menor de los casos, la desconfianza y el desprecio a los intelectuales sería una constante en el movimiento obrero y comunista del siglo pasado. Si revisamos la historia podemos sacar una de las mayores lecciones del siglo XX: cualquier proyecto político que pretenda existir y desarrollarse no podrá hacerlo sin la participación y guía de la intelectualidad nacional. Esto explica muchos de los fracasos en los modelos autoproclamados como socialistas, sin profundizar demasiado en la trágica intervención estatal que tuvo el estado soviético en su intelectualidad y que terminó por desangrarla, deformarla y convertirla en instrumento que a la postre rebotaría en su contra.

Los intelectuales cubanos no son los europeos, pero si tienen que cargar con la visión que se tiene de estos, buena parte de los cuales han sido históricamente reaccionarios y conservadores, los cubanos nunca han estado ajenos a las necesidades sociales. En Cuba artistas e intelectuales de renombre toman el transporte público, sufren los “apagones” y a menudo observan cómo personas sin ningún vínculo laboral pueden tener una mejor calidad de vida que ellos. Con todo esto, difícilmente exista mucho peligro de que los intelectuales se conviertan en una casta privilegiada como pasa en otras latitudes, menos aún después de que la cultura se convirtió en patrimonio popular desde hace medio siglo.

No obstante, es cierto que existen en el país personas que pasan a convertirse de intelectuales a intelectualoides, que comienzan a mirarte de reojo, se consideran superiores al resto y desprecian al resto de la sociedad. Aunque sean pocos hacen un daño inmenso y la suerte es que sus propias acciones terminan siempre poniéndolos en rídiculo. Qué mejor ejemplo de político e intelectual cubano que Raúl Roa, cuya sencillez fue emblemática y podía expresarse en el lenguaje más correcto cuando representaba a Cuba en la ONU (cuando no perdía la paciencia) y a los pocos minutos se le veía conversando de mecánica automotriz y jaraneando con su chofer para asombro de los encumbrados diplomáticos que salían del edificio.

En una entrevista que aún es inédita, Fernando Martínez Heredia decía que la soledad y la incomprensión son elementos inherentes a la vida de un intelectual, así que tampoco es una vida soñada. Además, el reconocimiento social a estos sigue estando presente en Cuba, pero se difumina en una sociedad en la que un negociante de poca monta tiene mayores posibilidades adquisitivas que un investigador de ciencias sociales o un artista de renombre.

A esto se suma un fenómeno que he visto en más de una ocasión, funcionarios con una responsabilidad estatal y política muy grande que se han referido en mi presencia a los intelectuales de manera despectiva, como si fueran extraterrestres o niños de primaria a los que hay que mantener bajo control. Esto es muy peligroso, pero también explica por qué muchas decisiones las toman los políticos unilateralmente sin consultarlo con los especialistas en la materia. Por sólo poner un ejemplo, mis compañeros de trabajo  en la universidad (filósofos e historiadores), que supuestamente deberíamos ser un tanque pensante en la sociedad cubana, no hemos tenido en muchos años la oportunidad de reunirnos con la dirección política en nuestra provincia para discutir temas candentes y contribuir también con nuestras opiniones.

Los intelectuales cubanos tienen como función primordial producir un efecto en el mundo, un deber moral que se tiene con el resto de la sociedad y no se puede ignorar. Hasta el día de hoy la intelectualidad nacional se ha comportado a la altura de la situación, a costa de no pocos sacrificios e incomprensiones que ha sufrido, unas épocas han sido mejores y otras peores, lo cierto es que necesitan que se les escuche, se les incluya y no se les margine aún cuando sus planteamientos pueda parecer chocantes. No hay nadie mejor para “revolucionar” que ellos, al fin y al cabo, ser críticos con la realidad es su trabajo y también la única manera que tienen para convertirse verdaderamente en el sueño gramsciano: intelectuales orgánicos.