Heridas desde el audiovisual

Caricatura realizada por Gerardo Hernández Nordelo
Por Yasel Toledo Garnache (Estudiante de Periodismo. Universidad de Holguín. Oscar Lucero Moya)

En el agitado mundo actual, donde la ley del mercado campea, los pueblos tienen la difícil misión de mantener sus costumbres, tradiciones e idiosincrasia, pues a través de los medios de comunicación, tradicionales y alternativos, potencias del marketing y el elitismo, como Estados Unidos, pretenden imponer su modo de vida.

Hoy, en algunos países la cultura popular, impulsada en gran medida por al desarrollo de la radio, el cine y la televisión en la primera mitad del siglo XX, es aplastada por clases hegemónicas.

La reiteración de argumentos, estilos de vida, modos de actuar y la transmisión de programas que reflejan la supuesta superioridad de determinados bailes, alimentos y oficios constituyen formas de cambiar conceptos, ideologías y “degradar” las tradiciones de los pueblos.

Resulta lamentable que algunos países, sobre todo de América Latina, sean invadidos por productos audiovisuales extranjeros que no abordan temas ni costumbres locales.

Los cubanos no estamos ajenos a esa realidad, pues algunos somos adictos a películas, series y telenovelas foráneas. El falso concepto de que “extranjero” significa calidad cobra fuerza en la mente de quienes se dejan confundir por otros confundidos.

Y la verdad es que algunos materiales audiovisuales ajenos son buenos, pero otros muy malos: recuerden a “Ciudad Paraíso”.

Ese gran monstruo del marketing que es Estados Unidos, invade al mundo con sus actrices hermosas, superhéroes “perfectos” y aparente maravilla hollywoodense para imponer el modo de vida norteamericano.

La industria cultural enarbola la fórmula de sexo, muerte, amor, personajes atractivos y final feliz para cautivar a todos, pero a la vez introducen de forma silenciosa costumbres ajenas a nuestra idiosincrasia.

Las diferencias entre series televisivas son ilusorias y solo persiguen el logro de fines de mercado. El hombre constituye un simple agente de consumo inmerso en una dinámica que no le permite ver a los objetos en sí. Los grandes monopolios empresariales le imponen de forma silenciosa pautas de cómo vestir, querer y amar, también qué comer y música escuchar.
Provocan que el planeta sea una “aldea gigante”, donde los nuevos patrones de conducta y modas no son originarios de cada país, sino importados de otros.

Comprendamos que la creación de programas nacionales que transmitan tradiciones criollas es un eterno medicamento contra la hegemonía cultural. Así, por ejemplo, hoy vemos en la televisión a Palmas y Cañas, el cual refleja las raíces campesinas de nuestro pueblo y contribuye a que el legado cultural de nuestros abuelos perdure a través de los años.
El contexto actual exige mayor calidad en los audiovisuales nacionales. Hay que evitar el encartonamiento, la grabación excesiva en locales cerrados, el déficit de iluminación y el agotamiento de determinados temas.

Los directores cubanos de cine y televisión deben enarbolar la creatividad y compromiso, para defender nuestra idiosincrasia e incrementar los adeptos a las telenovelas, musicales, series y películas del patio.

Se deben destinar mayor cantidad de recursos a la producción de materiales televisivos. La crisis económica mundial y el bloqueo económico no pueden constituir eternos pretextos, aunque indudablemente influyen de forma desfavorable. El arte tiene un valor inmenso que merece sacrificio y atención.
¿Qué prefiere el país: gastar más dinero y enamorar al público para que las producciones nacionales sean preferidas, o dejar que el arte, la cultura y, consecuentemente, las tradiciones criollas, reflejadas en ellas, constituyan víctimas de la escasez de presupuestos?

Yo sólo sé mi respuesta, cómo usted también sabe la suya, pero, como es lógico, no son determinantes. Esperemos que el nivel del audiovisual cubano escale la cima del Pico Turquino y aspire a la del Everest. Así ganaremos todos.

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