El eslabón débil

Tomado de: bitacora-juridica-alberto-ortin.blogspot.com Por: Harold Cárdenas Lema

Cuando revisamos la historia de los proyectos socialistas previos al nuestro, el Talón de Aquiles ha sido generalmente el mismo: los dirigentes. Los pueblos normalmente se han mantenido fieles a sus proyectos políticos, pues cambiar el imaginario político de las masas es un proceso más lento que el cambio de políticas que realiza un líder. Mi constante postura crítica de la gestión de aquellos que manejan el destino del Socialismo en Cuba, ya sea en la base como en las más altas esferas, nace de esta preocupación por convertir lo que en otras experiencias ha sido el eslabón más débil en una fortaleza para el sistema.

Cuestionarse a los dirigentes fue un tabú durante mucho tiempo, aunque las palabras crítica y autocrítica eran muy utilizadas en el argot de las organizaciones políticas, muy a menudo ser crítico iba de la mano con críticas superficiales y edulcoradas, mientras ser autocrítico se convertía también recurrentemente en criticarse uno mismo lo que ya otros te habían señalado previamente. Uno de los casos más tristes de la mal-llamada autocrítica fue el de Heberto Padilla, la mea culpa que leyera en los jardines de la UNEAC a principios de los setenta, dañó mucho la historia de nuestra política cultural revolucionaria.

En el mundo intelectual el análisis de errores políticos es mucho más común, pues las críticas se realizan con argumentos sólidos que resultan muy difíciles de contrarrestar. Sucede que a veces la opinión pública o algunos políticos pueden no estar preparados para estos análisis de los investigadores de ciencias sociales y lo que resulta ya un conocimiento consensuado en el mundo intelectual, puede ser un tabú o no recocerse aún en el mundo político. No por gusto la intelectualidad en cualquier país del mundo constituye la avanzada de pensamiento, sería ingenuo creer que los políticos están por encima de ellos,[1] más bien debe haber una estrecha relación entre ambos que permita que las decisiones a tomar tengan un basamento científico y no nazcan de la improvisación o la intuición política.

Volviendo al eslabón más débil, a veces me pregunto si paso por hipercrítico en estos temas, pero entonces recuerdo que Cuba ha tenido dificultades innegables en este ámbito. La generación que debía ser continuadora del legado de Fidel y Raúl ha presentado numerosos casos de corrupción que no pueden ser ignorados ni tomados a la ligera, menos aún si se entiende que esta es la generación que surgió aproximadamente con la propia Revolución y vivió etapas de intenso fervor revolucionario, quizás si fuera la de los 90 se podría entender un poco las dificultades ideológicas que presentara, pero siendo la que es, resulta muy grave la cuestión.

También existe un fenómeno mediante el cual los cargos políticos se convierten en una forma de vida, algunos dirigentes en vez de ser representantes del pueblo se convierten en sus propios managers en una competencia por escalar posiciones políticas. Estos son los peores, pues no viven para la Revolución sino más bien de esta, todo lo contrario de su discurso político, esto tiene un nombre en el diccionario: algo así como demagogia.

Recuerdo una visita a la capital hace varios años, encontré jóvenes así, con un discurso plagado de frases preconcebidas, una vestimenta característica y en general un prototipo que es fácilmente distinguible. Espero que con el paso de los años hayan quedado en el camino, el éxito de nuestra política de cuadros fácilmente lo podría medir por la evolución de estos pintorescos personajes. La suerte fue conocer otros con una energía inmensa y una convicción política envidiable, con los que podías conversar de política hasta la una de la madrugada en el albergue o tomando unos tragos entre amigos, son estos los verdaderos, los consecuentes en su accionar y su discurso, que no forman parte del estereotipo del “cuadro” clásico.

En los últimos tiempos el propio gobierno en la figura del presidente le hace una convocatoria a los dirigentes del país a efectuar un cambio de mentalidad, ya me he referido a esto anteriormente pero su importancia lo convierte en un tema recurrente. En lo personal siempre me pareció que la mentalidad no se cambia fácil ni radicalmente, muchos de los que tienen que cambiar de pensamiento se demorarán para hacerlo (un tiempo precioso que no tenemos) y el resto no lo harán nunca. Los hay que no necesitan cambiar en absoluto, pues son dialécticos en su accionar y están listos para los nuevos tiempos, sólo se habían visto limitados por la mentalidad anterior pero en las condiciones actuales podrán sobreponerse a los esquemas que se fueron formando durante décadas.

En sentido general me siento optimista por el ritmo que va tomando la política cubana, el carácter estático que nos caracterizó por mucho tiempo va desapareciendo y eso sólo puede ser para bien. Es importante que los cambios a realizar se efectúen con la velocidad que demandan las condiciones actuales del país, pero también que el rumbo a tomar sea el correcto, estamos en un momento en el que cualquier error sería demasiado costoso y podría significar perder nuestro proyecto político. En todo caso el desafío es grande pero realizable, mucho dependerá de las decisiones políticas de nuestros dirigentes y que sepan aprovechar bien el apoyo y confianza que reciben del pueblo, que no son gratuitos y sí deben ser traducidos en incrementar la calidad de vida de los cubanos.

Tratemos entonces de ser la excepción, la nota discordante, la anomalía entre tantos proyectos socialistas que fracasaron el pasado siglo por mala gestión directiva. Tenemos todo lo necesario para convertir el eslabón más débil en el más fuerte, esperemos que nuestros dirigentes en vez de ser el Talón de Aquiles, sean una garantía de estabilidad y eficiencia política, el futuro tendrá la última palabra.


[1] Una de las mayores lecciones del siglo pasado fue que a los movimientos sociales y revolucionarios les resultaba imposible triunfar sin tener al menos una parte de la intelectualidad de su lado.

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