Maceo y Che, deudas pendientes de nuestra cinematografía

Por Eduardo

Soy un cinéfilo desde que siendo un niño me quedaba despierto hasta altas horas de la noche, esperando con entusiasmo las muestras de la cinematografía mundial que pasaban por nuestra televisión. Por aquellos años, que ahora recuerdo con nostalgia, además de los ahora motivo de culto, “muñequitos rusos”, me deleitaba con viejas películas norteamericanas de todo tipo, interpretadas por estrellas de los años 30 a los 50, que no tenían, como ahora, la necesidad imperiosa de ser bellas, o bellos, para triunfar en Hollywood. Mis favoritos eran Bette Davis, Joan Crawford, Humphrey Bogart, Edward G. Robinson, James Cagney, y sobre todo Errol Flynt.

A las 6. 00 PM, tocaba su turno a un espacio de cine mexicano o argentino, con películas rancheras o de las estrellas del tango. Soy un afortunado que a los 9 años conocía, por haber visto todas las películas que filmó en vida el gran Carlos Gardel, las letras de todos sus tangos más famosos. Ah, y sin vergüenza digo que extraño enormemente las películas soviéticas, sobre todo aquellas relacionadas con la historia de sus luchas en defensa de la Patria y su Revolución.

Hace un año repusieron en una copia restaurada en Rusia, la epopéyica “Liberación”. Mi niño me acompañó en mi nostálgico reencuentro con uno de mis filmes favoritos. En el capítulo primero, cuando observó la recreación de la gran batalla de tanques del arco de Kursk me comentó – Papi, ¿Y ya los rusos generaban gráficos con computadoras? Mi respuesta cubana fue – No mijo, eso que tu ves en pantalla no son gráficos computarizados, son tanques de verdad, porque esos rusos eran unos locos de las películas de guerra, y recreaban la historia de tal manera, que en aquella época nadie les superaba haciendo filmes bélicos.

Pero una de mis nostalgias mayores es que crecí viendo filmes cubanos que realzaban nuestros valores nacionales, sobre todos aquellos que relataban los avatares de nuestros luchadores por la independencia en todas las épocas. Sufrí con el General José en su “Odisea”, perdido por los montes de Baracoa. En mi imaginación de adolescente, marché con Mella y sus Manicatos a defender la colina Universitaria. Disfruté hasta el delirio, la escena de esa misma película que recrea el encuentro entre Rubén Martínez Villena y el tirano Machado; aquella ocasión en que el poeta comunista lo bautizó con el calificativo de “El asno con garras”. Cargué con nuestros mambises en la “Primera Carga al Machete” y en “Lucía”. Sentí orgullo de mis ancestros africanos; de su lucha, y de su amor por la libertad en cada uno de los fotogramas de “Rancheador”, “Maluala” y “La última cena”. Me sentí identificado con “El Joven Rebelde”, y viví los combates finales del Che y su tropa en las calles de Santa Clara, cuando conocí las “Historias de la Revolución” de Tomás Gutiérrez Alea.

“El brigadista”, “Guardafronteras”, “El hombre de Maisinicú”; “Patty – Candela”, “Río Negro”, narraban historias que fueron muy cercanas a mi generación. Tocaban temas como la Campaña de Alfabetización, el enfrentamiento a las acciones terroristas que afectaban nuestras costas, preparadas y lanzadas desde el mismo corazón de Miami por la JM Wave, estación de la CIA especializada en el terrorismo y la subversión contrarrevolucionaria contra Cuba, así como el enfrentamiento a las bandas de mercenarios financiados por la CIA, que asolaron casi todas nuestras provincias, sembrando a su paso la muerte y el luto de muchas familias cubanas. Sin embargo, en la actualidad, y respetando la opinión de muchos especialistas en cine, algo que ni por asomo soy, cada vez me siento menos identificado con una nueva tendencia del cine cubano a tocar solamente las zonas oscuras de nuestro devenir como nación.

El Período Especial tuvo una consecuencia funesta para nuestra cinematografía, la realización de coproducciones. Al caer la economía cubana en picada profunda en los años 90, el financiamiento estatal a nuestro cine también sufrió enormemente, y con ello la industria de la cinematografía cubana se vio en la alternativa de recurrir a fuentes de financiamiento externo, o detener la producción de filmes nacionales.

En ese período gris no se produjo casi ninguna obra donde la nacionalidad cubana no fuese seriamente menoscabada, y los valores más sagrados del pueblo cubano no fuesen cuestionados. Por aquello del que paga manda, los productores extranjeros, en la mayoría de los casos españoles, impusieron a nuestros cineastas, o en el mejor de los casos, estos se dejaron imponer, una visión eurocentrista de nuestra Patria, nuestra historia y de nosotros mismos, que resulta en mi opinión indignante.

Del total de la producción nacional de esos años solo escapan, por su cubanía, grandeza, e identificación con los mejores valores de nuestro pueblo, las obras de los maestros Humberto Solás (“Barrio Cuba”, “Miel para Ochún”), Fernando Pérez (“Suite Habana”), y Juan Carlos Cremata (“Viva Cuba”). En estas películas, los cineastas presentan nuestra realidad sin falsos afeites. Aparecemos representados como realmente somos, en nuestra imperfecta humanidad, con montones de defectos, pero con las innumerables virtudes, que han permitido que nuestro proyecto social haya sido capaz de mantenerse por más de 50 años, a pesar de las agresiones del imperio más poderoso que haya existido jamás sobre la tierra.

Sin embargo hoy 14 de junio, fecha de nacimiento de dos de los más grandes cubanos de todos los tiempos, el “Titán de Bronce” Antonio Maceo, y el “Guerrillero Heroico” Ernesto “El Che” Guevara, pienso que nuestra cinematografía tiene una deuda enorme con nuestro pueblo, y para con ellos. Las grandes afluencias de público en los cines para ver “José Martí, el ojo del canario”, o “Kangamba”, desmiente cualquier duda que exista, acerca de si un cine comprometido con nuestra historia y la Revolución no tendrá una buena acogida entre nuestra población.

Queremos ver en pantalla aquel momento en que el Capitán Rondón llega a casa de los Maceo y le pregunta a Marcos – Y de los muchachos ¿A cual me das? Y sin mediar palabra se yerguen Antonio, José y Justo. No creo que exista algo más emocionante que ver en el cine la escena en que Mariana Grajales pide a la tribu heroica con un crucifijo en la mano – Arriba, de rodilla todos ante Cristo Redentor, el primer liberal que pisó esta tierra, y juremos todos luchar por la independencia de la Patria, o morir en el empeño.

Que cubano no se reconocería en aquel joven mulato de solo 26 años, que durante el combate del Cafetal “La Indiana”, ante la disyuntiva de retirarse dejando la casa señorial en poder del enemigo, yaciendo frente a ella, el cuerpo inerte de su hermano José le pide al Generalísimo Máximo Gómez: – General, frente la casa yace el cuerpo de mi hermano mal herido o muerto, déme usted una última oportunidad de rescatarlo o morir en la empresa. Que orgullo sentiría el espectador en su cubanía, al revivir el momento en que aquel gigante de bronce carga al machete contra los españoles, toma el fuerte a la brava, y rescata con vida al hermano del alma; aquel que por su bravura llamaron “El León de Oriente”, y que es hoy también uno de los grandes de nuestra historia por mérito propio.

No basta con “Baraguá” filmada hace ya casi 25 años. El pueblo de Cuba necesita ver a su héroe epónimo cargar al machete, en el Naranjo, en Ti Arriba, en Llanadas de Juan Mulato, en Peralejo, en Sao del Indio, en Mal Tiempo. Deseamos marchar de Oriente a Occidente con el Ejército Libertador, a los sones guerreros del Himno Invasor que proclama en una de sus estrofas “De Martí la memoria sagrada, nuestras vida ofrenda al honor, y nos guía la fúlgida espada, de Maceo el caudillo invasor”, y llegar hasta Mantua, al lado del Titán.

Y que decir del Che. Esa es otra gran deuda de cine cubano. Pocas películas han sido más seguidas por los cubanos que “Diarios de Motocicleta”. ¿Por qué tiene un norteamericano bien intencionado que entregarnos un Che, como el interpretado por Benicio del Toro? ¿Cuándo haremos nuestra propia película del Che? El filme de Sonderberg lo conservo como un tesoro invaluable, pero hay algo que no me completa la ecuación de cubanía. Las florestas semejan nuestras montañas de la Sierra Maestra, pero no son nuestras cimas invictas. Los guajiros hablan en español, pero no suenan “a cubano”, ni de occidente o de oriente. Reconozco que en el filme está el Che. Sobre todo en la genial interpretación del gran actor puertorriqueño, y en la fidelidad a los relatos del Comandante, en “Pasajes de la Guerra Revolucionaria” y el “Diario del Che en Bolivia”, pero sigo esperando por nuestra versión de una historia que nadie mejor que nosotros mismos podría narrar nunca.

Hoy el cine cubano está retomando nuevos aires renovadores, y comienza a recuperar géneros que dejaron de producirse durante el Período Especial como el histórico, tan necesario al rescate de nuestros valores patrióticos. Porque si algo desean nuestros enemigos, es que olvidemos las gloriosas tradiciones de lucha de nuestro pueblo, y nuestra historia. Creo asimismo que nuestra realidad actual, nuestras tradiciones culturales y nuestra historia tienen una riqueza tal, que millones de argumentos podríamos abordar, sin tener que acudir a mitologías, y acontecimientos foráneos para realizar un cine de elevada factura. Este artículo ha sido mi homenaje personal a Maceo y Che en otro aniversario más de su fecundo nacimiento.

Publicado originalmente en: http://edumatanzas.blogspot.com/