Algo más sobre la historia y el oficio del historiador

Colaboración con LJC de Mario Valdés Navia

El tema de la Historia y sus verdades parece haber alborotado a los fieles de LJC. Y no es para menos, pues se sabe que no hay mejor manera de atraer la atención que exclamar: “¡Por favor, escuchen. Voy a contarles una historia!”. Tantos comentarios me hacen volver al teclado con el ánimo de echar más leña al fuego del razonamiento colectivo en un campo tan complejo y apasionante como el de la objetividad histórica y el papel de la Historia en el conocimiento y la comprensión de  nosotros mismos. Intercambiar sobre este tema nos ayudará a responder mejor a las eternas preguntas que todos nos hacemos: ¿de donde venimos?, ¿quiénes somos? y ¿adonde vamos? Especialmente a los jóvenes, pues, como bien señalara Ramiro Guerra: “Cada generación tiene que volver a escribir la historia”.
Lo primero es tener en cuenta la doblez del término historia, utilizado tanto para designar al pasado como a la ciencia que lo estudia. El pasado es real, objetivo y concreto, mientras que la ciencia histórica es una obra humana, sujeta al influjo de las circunstancias, la subjetividad, los puntos de vista y la capacidad intelectual de un autor determinado. No obstante, la famosa tesis de que “la historia la escriben los vencedores” puede ser cierta para los tiempos de Roma, cuando Julio César escribió sus “Comentarios sobre la Guerra de las Galias”, principal fuente que tenemos hasta hoy para conocer a los pueblos galos, pero en nuestra época la historia la escriben los historiadores, sean profesionales o aficionados. La fidelidad a los métodos científicos de validación de las fuentes, la competencia del investigador para interpretar los hechos y su coraje para exponer los resultados, le permite arribar a nuevas verdades históricas, aunque no sean del agrado de los poderes de turno. Así ocurrió, por ejemplo, en la Cuba de los años 40, cuando Emilio Roig de Leuschering demostró su famosa tesis de que: “Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos”, argumentada después por numerosos colegas, contraria a la tesis oficial de la liberación de Cuba por los interventores yanquis.
Uno de los peligros mayores es confundir la historia con la especulación respecto a lo que pudo ocurrir. Si bien no podemos seguir anclados a la supuesta “objetividad” de los positivistas, para quienes solo podía demostrarse aquello que constara en un documento, tampoco es correcto andar suponiendo cómo hubieran actuado las personalidades históricas en otros escenarios que nunca existieron. Esa es la diferencia entre las ciencias sociales y humanísticas y las llamadas exactas, pues aquí no podemos usar ni el laboratorio, ni el telescopio, solo nos queda nuestra capacidad de comprensión de los hechos, a partir del respeto a las informaciones comprobadas una y otra vez y expuestas siempre a la crítica enriquecedora. El que quiera jugar a “y si hubiera ocurrido de esta otra manera” seguramente tendrá vocación para escritor de novelas históricas, pero nunca será historiador.
Es particularmente interesante el tema de cómo lograr la independencia  económica de los investigadores respecto a posibles financistas interesados que pueden torcer a su favor los textos de la historia oficial. Recuérdese que hace más de medio siglo, en los primeros años 40, no era el estado, sino los colegios católicos privados, los que se interesaban en presentar a sus discípulos una Historia de Cuba contrahecha, con la influencia española sobredimensionada. Ante esta inadmisible postura se levantaron intelectuales de la talla de Juan Marinello y Emilio Roig, quienes auspiciaron la aprobación de la llamada Ley Marinello, que autorizaba al estado a revisar y aprobar los contenidos relativos a la Historia de Cuba que se enseñaban en todos los colegios del país, velando por la preservación de los intereses patrios. La cuestión de la cientificidad está más en el oficio del historiador que en el origen de los fondos.
Ante los retos de la contemporaneidad, la historiografía cubana de los últimos veinte años ha brindado nuevos enfoques sobre muchos campos que van más allá de la historia político-militar, que fue la tendencia predominante en los años 70 y 80. Entre estos nuevos escenarios se cuentan: la región y las localidades, la historia social, la de familias, las instituciones y el pensamiento de diversos personajes históricos que habían sido presentados durante años casi como jinetes sin cabeza, solo hombres de acción, carentes de ideas y proyectos que justificaran sus hechos de armas. Al mismo tiempo, es imprescindible hoy retomar en nuestras aulas el conocimiento profundo y la recreación creadora del hecho histórico y de la vida y obra de los hombres y mujeres del pueblo que protagonizaron la historia, no solo desde el puesto de mando de los líderes, sino también desde las trincheras, las viviendas, las calles y los centros de trabajo donde se apiñaba, al decir de Martí “el pueblo, la masa adolorida, el verdadero jefe de las revoluciones”.

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