Historia Oficial, o Historia no oficial: ¿esa es la cuestión?

Colaboración con LJC de Mario Valdés Navia

La Joven Cuba se me hizo favorita desde que la descubrí, acabadita de nacer. Realmente es una bocanada de aire fresco para todos los que gustan de debatir temas polémicos cubanos con aquellos que acepten el reto de comunicarse civilizadamente y comprenderse, aunque no piensen igual. Como mi mundo es el de la Historia, tanto en la enseñanza como en la investigación, quiero traer a colación un tema que atosiga a muchos amantes de Clío  cuando se aborda la producción historiográfica en cualquier lugar del mundo, pero, en particular, la que se hace en la Isla: ¿puede ser verdadera una historia encargada por el estado a profesionales pagados por instituciones estatales y destinada irremisiblemente a ser publicada por editoriales también del estado?, en otras palabras: esa historia “oficial”,¿es ciencia, o apología?.A muchos les puede parecer una pregunta destinada a una sola respuesta: si el estado controla todo el proceso de formación de los investigadores, funcionamiento de las instituciones, acceso a las fuentes y publicación de los resultados, no puede esperarse otro que no sea la propaganda de las ideas afines a las posiciones de la Revolución Cubana, el ensalzamiento de hechos y figuras del proceso revolucionario y el “olvido” de todo aquello que no responda a los ideales de la Revolución.
No obstante, el grado de cientificidad de las producciones historiográficas, como parte de las ciencias sociales y humanísticas, no obedece directamente a la postura ideológica del autor; o el origen, estatal  o privado, de las fuentes de financiamiento de las investigaciones, ni siquiera a la traída y llevada cuestión de los “encargos estatales”.
El problema de la historia oficial y la objetividad histórica hay que rastrearlo desde el propio concepto de historia oficial. Así, en la mayoría de los países, la historia oficial es la que se imparte en las escuelas, a partir de textos aprobados por las instituciones encargadas de la educación. El grado de correspondencia de esta con los resultados más encumbrados de la producción historiográfica en el país casi nunca es exacto, aunque la tendencia ha de ser a acercarse cada vez más.
En este sentido, los textos básicos de historia cubanos no están a la saga de sus pares de otras tierras. Así, los que se emplean hoy por hoy en las universidades, además de estar firmados por algunos de los más importantes autores contemporáneos (Eduardo Torres Cuevas,
Oscar Loyola, Francisca López Civeira, José Cantón Navarro y Arnaldo Silva León) y utilizar la literatura histórica más reciente, no dejan de abordar los más importantes acontecimientos, procesos y figuras de la historia nacional en sus diferentes épocas, al menos como punto de partida para formar en los alumnos un conjunto de saberes históricos capaces de fortalecer su identidad patriótica.
Más que la cuestión de los nexos ocupacionales e ideológicos de los historiadores con el estado, la cuestión de la actitud del científico ante la realidad histórica y el empleo que sea capaz de hacer de sus competencias profesionales constituyen el punto esencial: si el historiador se dispone a hurgar en el pasado para comprenderlo y asumirlo como nuestro y no para usarlo como mero bastón de las realidades actuales, si es capaz de aprovechar los nuevos enfoques, métodos y técnicas de la ciencia histórica, vengan de donde vengan, para ponerlos en función de descubrir e interpretar las huellas del pasado, el resultado científico brotara inexorablemente y servirá de lección e inspiración de los momentos actuales.
A todo esto se debe añadir la cuota de responsabilidad, y el probable margen de error de toda investigación histórica. Sin tener en cuenta estos factores y la necesidad de correr el riesgo, bien poco tendrá que decir el historiador y su contribución a la ciencia histórica será intrascendente. Mas, estos factores no solo están determinados por su ligazón al estado, pues los historiadores de otros países, que trabajan financiados por proyectos de instituciones privadas, ONGs, universidades, etc., también tienen que responder por el uso de los fondos asignados y la calidad de sus resultados, así como, resistir las presiones de los financistas interesados en conducirlos hacia conclusiones ajenas a los dictados de la ciencia.
La Historia es una sola, sea positivista, marxista, analista, o cualitativa; oficial, o no; cubana, o extranjera; lo que la hace válida es su concordancia con la realidad de una época, del pensamiento y la acción de los hombres y mujeres que la hicieron y su expresión en los textos de los que la escriben.

A muchos les puede parecer una pregunta destinada a una sola respuesta: si el estado controla todo el proceso de formación de los investigadores, funcionamiento de las instituciones, acceso a las fuentes y publicación de los resultados, no puede esperarse otro que no sea la propaganda de las ideas afines a las posiciones de la Revolución Cubana, el ensalzamiento de hechos y figuras del proceso revolucionario y el “olvido” de todo aquello que no responda a los ideales de la Revolución.

No obstante, el grado de cientificidad de las producciones historiográficas, como parte de las ciencias sociales y humanísticas, no obedece directamente a la postura ideológica del autor; o el origen, estatal  o privado, de las fuentes de financiamiento de las investigaciones, ni siquiera a la traída y llevada cuestión de los “encargos estatales”.

El problema de la historia oficial y la objetividad histórica hay que rastrearlo desde el propio concepto de historia oficial. Así, en la mayoría de los países, la historia oficial es la que se imparte en las escuelas, a partir de textos aprobados por las instituciones encargadas de la educación. El grado de correspondencia de esta con los resultados más encumbrados de la producción historiográfica en el país casi nunca es exacto, aunque la tendencia ha de ser a acercarse cada vez más.

En este sentido, los textos básicos de historia cubanos no están a la saga de sus pares de otras tierras. Así, los que se emplean hoy por hoy en las universidades, además de estar firmados por algunos de los más importantes autores contemporáneos (Eduardo Torres Cuevas, Oscar Loyola, Francisca López Civeira, José Cantón Navarro y Arnaldo Silva León) y utilizar la literatura histórica más reciente, no dejan de abordar los más importantes acontecimientos, procesos y figuras de la historia nacional en sus diferentes épocas, al menos como punto de partida para formar en los alumnos un conjunto de saberes históricos capaces de fortalecer su identidad patriótica.

Más que la cuestión de los nexos ocupacionales e ideológicos de los historiadores con el estado, la cuestión de la actitud del científico ante la realidad histórica y el empleo que sea capaz de hacer de sus competencias profesionales constituyen el punto esencial: si el historiador se dispone a hurgar en el pasado para comprenderlo y asumirlo como nuestro y no para usarlo como mero bastón de las realidades actuales, si es capaz de aprovechar los nuevos enfoques, métodos y técnicas de la ciencia histórica, vengan de donde vengan, para ponerlos en función de descubrir e interpretar las huellas del pasado, el resultado científico brotara inexorablemente y servirá de lección e inspiración de los momentos actuales.

A todo esto se debe añadir la cuota de responsabilidad, y el probable margen de error de toda investigación histórica. Sin tener en cuenta estos factores y la necesidad de correr el riesgo, bien poco tendrá que decir el historiador y su contribución a la ciencia histórica será intrascendente. Mas, estos factores no solo están determinados por su ligazón al estado, pues los historiadores de otros países, que trabajan financiados por proyectos de instituciones privadas, ONGs, universidades, etc., también tienen que responder por el uso de los fondos asignados y la calidad de sus resultados, así como, resistir las presiones de los financistas interesados en conducirlos hacia conclusiones ajenas a los dictados de la ciencia.

La Historia es una sola, sea positivista, marxista, analista, o cualitativa; oficial, o no; cubana, o extranjera; lo que la hace válida es su concordancia con la realidad de una época, del pensamiento y la acción de los hombres y mujeres que la hicieron y su expresión en los textos de los que la escriben.

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