Experiencias de mi viaje a España

Colaboración con La Joven Cuba

Recientemente visité varias ciudades españolas. Fue una gran experiencia, pues al no tener que vencer la barrera del idioma como en otros lugares, la comunicación con las personas con las que trabajé y con la población en general,  fue muy rica.

Me siento satisfecho porque encontré personas muy atentas, educadas y respetuosas. Conversamos sobre lo humano y lo divino y cuando no coincidimos en algún punto, casi siempre en su visión sobre nuestro país, la divergencia tuvo como base el respeto. Me percaté que en el plano profesional, no obstante la diferencia de los escenarios, las contradicciones siempre propiciaban desarrollo. En cuanto a la situación política mundial y de su país en particular, teníamos muchas coincidencias; pero cuando el tema era Cuba, sin dejar de respetarnos, no llegábamos al entendimiento.

Una colega me dijo un día: No vamos a hablar más de Cuba, porque me da pena que Ud. se vaya a molestar, pues no coincidimos en muchas cosas. Pacientemente, le dije que no me molestaba porque me percataba que hablábamos de dos países muy distintos. Ellos tenían la visión virtual de Cuba que dan la prensa y algunos cubanos que han viajado a ese país y yo hablaba de la imagen real de una persona que había vivido toda su vida en Cuba, incluso antes de 1959. Entonces le conté lo que me había ocurrido el día anterior.

Llegué a la parada de ómnibus donde se encontraba un joven de unos veinte años y le pedí información por una instalación universitaria. Al parecer molesto me contestó: ¿Qué sé yo de ese lugar? ¿Cómo voy a saber de la universidad si sólo tengo el “puto” 1.20 para coger el autobús? Al percatarse que no era de esa ciudad me preguntó: ¿De dónde es Ud.? De Cuba-le dije.

¡Ah! Yo tengo amigos cubanos que viven aquí. ! Esos sí saben! Todos son abogados, ingenieros y otras cosas- dijo el joven. Tuvieron que venir para acá porque en Cuba no hay qué comer, ni zapatos que ponerse.

Aquella mentira tan grande sólo pudo provocarme una sonrisa y decirle: ¿No has pensado cómo sin comer y sin tener zapatos pudieron graduarse en la universidad? Y el joven poniendo una contradictoria cara de duda dijo: Caramba, no había pensado en eso.

También les conté que una profesora brasileña que visita la universidad donde trabajo en Cuba y que conoce nuestro sistema judicial se encuentra haciendo gestiones para traer un grupo de estudiantes de la Carrera de Derecho, porque según  ella que ha estado en Cuba en once ocasiones, esos estudiantes piensan  que en Cuba hay un paredón de fusilamiento funcionando permanentemente.

En la noche de la despedida,  me pidieron que con sinceridad expresara lo que consideraba positivo o negativo de mi estancia. Pedí que nadie se molestara porque me apenaba señalar algo negativo ante unos anfitriones tan cariñosos. Y comencé a hablar:

Positivo:

–          La forma en que me habían tratado.

–          La profesionalidad de las personas con las que había interactuado.

–          La cantidad de personas atentas que me había encontrado en las distintas ciudades.

–          La eficiencia del transporte.

–          La belleza de las ciudades.

–          El interés por mantener el patrimonio.

–          La disposición a colaborar de los profesionales que había conocido.

–          La calidad de la cerveza.

–          La eficiencia de los servicios comerciales.

–          La seguridad y la señalización vial.

Aclaré que pudiera señalar algo como negativo y lo veía así porque en mi país se comportaba  diferente y entonces me parecía raro encontrarlo de otra forma. Por ejemplo: el transporte en Cuba tiene muchas dificultades, por lo que el transporte de aquí lo veo como una maravilla, puede que alguno de Uds. no lo vea tan bueno como yo. Por esa razón no voy a decir aspectos negativos, sino que me hubieran gustado que fueran de otra forma.

–          Que el primer día me señalaran  un área donde no debía entrar porque hay un elevado consumo de drogas y es muy peligrosa.

–          Aunque la educación superior es pública, un estudiante tiene que pagar como promedio doscientos euros mensuales por sus estudios, más de cien euros por el alojamiento en los lugares más baratos y la alimentación (sin ir a ningún restaurant y sin comer nada del otro mundo, gasté cien euros en la alimentación durante seis días). Si me habían dicho varias personas que el salario medio mensual de un obrero era de ochocientos euros, evidentemente los hijos de los obreros no podían ir a la universidad.

–          Ver personas pidiendo limosnas y otros durmiendo en las calles por no tener techo donde alojarse.

–          Que una joven universitaria se esté anunciando para cuidar niños porque no tiene trabajo en su profesión.

–          Los pocos negros que vi,  todos trabajaban en el mercado informal.

–          Encontrarme dos cubanas que trabajaban aplicando el método Yo sí puedo en una ciudad del primer mundo, llena de lujos donde el cinco porciento de las personas son analfabetas.

Y como sincera conclusión señalé:

Ustedes me pidieron mi opinión y se la he dado con honestidad. Pero me parece que en estos días nos hemos percatado que son más las cosas que nos unen que las que nos separan y con el respeto con que hemos trabajado podemos hacer muchas cosas juntos. Y agregué: esa debía ser la forma en que se relacionen las personas y los países en este mundo, con el respeto como base.

Horas después terminó el encuentro de despedida con tristeza y alegría. Tristeza porque nos separaríamos personas que logramos una gran comunicación y alegría porque regresaría a mi querido país.

Fotos: