La Crisis económica mundial y el sufrimiento de los seres humanos

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Por: Guillermo

 

 El tema de la crisis económica ha sido recurrente en las publicaciones de La Joven Cuba, lo que me ha motivado a exponer algunas ideas esenciales respecto al tema. Es difícil escribir estas líneas, considerando que la crisis es quizás el fenómeno más complejo que atraviesa el capitalismo, pero por lo menos intentaré abordar algunas de sus facetas.

Desde sus propios inicios, los teóricos burgueses han tratado de buscar las causas de la crisis y  las posibles alternativas para su solución. Al calor de los acontecimientos se ha reavivado el debate entre neoliberales y neokeynesianos (el pensamiento de moda). Los primeros intentando defender la poca credibilidad que le queda al modelo basado en la desregulación, y los segundos intentando establecer diversas medidas  regulatorias que frenen un poco los excesos del capitalismo. Ambos, incapaces de comprender que las causas de la crisis están en las leyes económicas objetivas del sistema que se empeñan en defender.

La crisis económica es un fenómeno característico de las sociedades capitalistas, que necesitan la ocurrencia de esas fases destructivas del capital para corregir determinados desequilibrios que crea el sistema en la medida que se va desarrollando. Para un ejemplo ilustrativo tomemos en consideración la burbuja financiera del sector inmobiliario que fue creciendo en los Estados Unidos. Allí se produjo una escisión entre la llamada economía real (donde se producen los bienes y servicios que satisfacen necesidades humanas) y la actividad financiero-especulativa. ¿Podría crecer ilimitadamente esa desproporción? ¿Podría sostenerse infinitamente la burbuja? No. Era preciso que estallara. La historia se ha encargado de registrar lo que ha sucedido después. Pánico en los mercados bursátiles, caída de la confianza, desplome de las bolsas, contracción del crédito, paralización de la inversión, internacionalización de la crisis, desastre social.

Esta gigantesca crisis económica, iniciada en Wall Street y la mayor desde La Gran Depresión, no está sola. Forma parte de una crisis sistémica mucho mayor, y se acompaña entre otras de crisis energética, ecológica, alimentaria, social tecnológica, etc. Estas otras crisis se combinan, formando complicadas interrelaciones que hacen aún más difícil el análisis y la salida a la situación.

Los impactos de la actual crisis, nos demuestran la gravedad del asunto. En 2009 se contrajo el Producto Bruto Mundial (la suma de los PIB de todos los países) un 2,2%, el Comercio internacional cayó un 14,4% y para rematar solo en un año y cuatro meses se perdió en las bolsas del mundo el equivalente al PIB sumado de los Estados Unidos, La Unión Europea y Japón juntos.

Pero lo más importante del tema debamos buscarlo en su profundo impacto sobre la vida de millones de seres humanos. La Organización Internacional del Trabajo nos informa que en la actualidad existen 212 millones de desempleados, mientras que en 2008, 633 millones de trabajadores y sus familias vivían con menos de 1,25 dólares estadounidenses por día. La pobreza compromete la vida de 1400 millones de personas, a la par que la FAO nos llama la atención sobre los 1000 millones de personas que en este minuto sufren a causa de hambre. Todo ello, ¿gracias a qué? A la lógica de un sistema que puesta por el lucro del mercado, a la maximización de la ganancia, a la riqueza de unos pocos y a la pobreza de muchos.

 Sobre los llamados Objetivos de Desarrollo del Milenio, ni hablemos. Fue un magnifico sueño… mientras duró.

 Ahora la crisis hace sus estragos por Europa. Ya ni siquiera es preciso que se instaure la recesión en una economía para que los más vulnerables comiencen a sufrir. Los últimos recortes presupuestales alemanes, ingleses y españoles son testigos de la voluntad gubernamental de poner freno a los déficits fiscales galopantes a costa de golpear a quienes tienen menos posibilidades para defenderse.

 Los pueblos, esos imprescindibles actores sociales, tienen entonces la responsabilidad histórica de levantarse contra el yugo cada vez más estrecho que les impone el capital. En la unidad radica la clave que asegura el éxito en las imprescindibles luchas que vendrán.

¿La solución a la crisis? El fin del sistema. El capitalismo no puede cambiar sus esencias, aunque trate. El socialismo emerge entonces como una  alternativa real que poco a poco se viene construyendo en algunos países de América Latina, aunque falte mucho por lograr.

 La historia dirá la última palabra.

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