Crónica acerca del hombre luminoso

cubasi.cu

Por Eduardo

Estimados lectores de La Joven Cuba. En el día de hoy, viernes 25 de junio de 2010, mi Universidad se cubrió de Gloria. Recibimos la visita de dos héroes de la epopeya revolucionaria que permitió a Cuba romper con la ignominia del pasado capitalista. Sus nombres no son de los más conocidos; Manuel Echevarría Ramírez, expedicionario del Yate Granma, el primero, y Ramón Montes Cuba, asaltante al Cuartel Moncada, el segundo.

Hombres como ellos constituyen un tesoro vivo de la Patria. Verlos compartir con nuestros jóvenes, con una vitalidad que desmiente sus respectivos 82 y 85 años, fue un regalo para el espíritu. La historia leída nunca tiene el encanto que representa escuchar el hecho histórico de boca de sus protagonistas. Los cubanos nunca cometeremos el error de destruir la historia de la Patria, porque equivaldría al suicidio de Cuba como nación libre y soberana.

En el instante en que los ancianos guerreros, lejos de cualquier intento de protagonismo o realce de su real papel en los acontecimientos, contaban sus relatos, recordé uno de los ejercicios intelectuales que escribí hace ya más de seis años, pero que por ser atemporal me permito dedicar a estos dos gloriosos soldados de mi Cuba.

Crónica acerca del hombre luminoso, que antes fue de un viaje a Moa.

Un día leyendo un cuento de Azorín, siendo apenas un adolescente imberbe, una frase del relato quedó grabada en mi memoria. La sentencia que rubricaba el genial escritor español decía textualmente “El tiempo es un niño que juega a los dados”.

En aquel instante de mi corta existencia, no era yo capaz de aquilatar el profundo significado que aquellas palabras del protagonista encerraban. Hoy, que ya comienzo a peinar canas, y empiezo a adentrarme en el período de la vida que los optimistas nombran segunda juventud y los más trágicos madurez, quiero reflexionar un poco acerca de una especie de hombres cuyo paso por la vida parece desafiar al inevitable designio del Dios Cronos.

¿Cómo es posible que nuestro Apóstol en solo 42 años haya creado una obra escrita y humana tan colosal? Cuentan que Tomás Alba Edison, el bien llamado “Mago de Menlo Park”, dormía solo 4 horas. A sus amigos respondía, cuando estos preocupados por su salud le reprendían por esta costumbre, – “el período en que un hombre duerme es como si estuviera muerto, y por tanto estar dormido es un desperdicio de tiempo”. Es casi seguro que esa  costumbre fue una de las causas que le permitió patentar más de 200 inventos en su larga y fructífera vida. Se cuentan entre ellos el fonógrafo, el generador de corriente continua, la bombilla eléctrica incandescente y otros muchos que harían la lista muy larga.

Todo parece indicar que la susodicha costumbre no afectó en gran medida su salud, pues murió de más de 80 años, lo que en aquellos tiempos si no era un buen récord por lo menos era un buen promedio (me resisto a emplear el anglisismo average).

Edison pertenecía a una especie de hombres singulares clasificados por quien estas líneas escribe como el Homo Lumínicus. A veces coexistimos durante toda la vida con seres anodinos que son como vegetales. Pasan por toda su existencia sin hacer obra meritoria, ni empeñarse por alcanzar meta alguna.

Esos Homo Vegetalensis no reparan en la coordenada tiempo. Es como si para ellos el tiempo fuese infinito; y el tiempo mis amigos, por lo menos el que nos toca es extremadamente limitado.

De ahí que la actitud del Homo Vegetalensis es imperdonable. Contrasta de manera singular con la de los Homo Lumínicus. Esta subespecie de hombre, está conformada por aquellos que al decir de Martí, parece que en el lugar del pecho donde deberían poseer el corazón portan una estrella. Son los que dedican todo su tiempo al beneficio de los demás; los imprescindibles de Bertold Brecht. No quieren nada para sí mismos, o quizás solo aquello que les permita una vida digna. Es como aquella joven de la “Pequeña Serenata Diurna” de Silvio Rodríguez, que ama sin pedir nada, o casi nada, que no es lo mismo pero es igual.

Cuando un simple mortal logra establecer un Encuentro Cercano de Primer Orden con los Homo Lumínicus, estos emiten una luz con tanto brillo, que en derredor suyo, sus contemporáneos y en general todos aquellos que los aman, viven temerosos de que su efluvio centellante desaparezca en un solo instante.

En compañía de un Homo Lumínicus, consumir una hamburguesa con refresco de producción nacional, es equivalente a una cena en el mejor restaurante del mundo. Lo realmente malo es que como especie son sumamente escasos y están en serio peligro de extinción. Es por ello que desde esta página hago un llamado a evitar su completa desaparición, pues de su supervivencia depende la suerte del mundo.

Ellos son tan importantes que si desaparecieran, las otras especies de Homo, como el ya citado Vegetalensis, el Retrogradus, el Avarus y otros muchos de carácter negativo; así como sus parientes más cercanos como el Amantis, el Bardus, el Letradus, el Laboriosus, etc; podrían desaparecer.

No se precisa de una información genética especial para alcanzar la clasificación de Homo Lumínicus. Si se combinan los caracteres del Homo Laboriosus y el Homo Amantis, se pueden obtener híbridos bastante cercanos al ideal de la Especie Lumínicus. Es necesario sobre todo partir de nuestros niños y jóvenes. Que amen a Wagner, Chopin, o Mozart, pero que sean capaces de gozar una rumba de cajón de los Muñequitos de Matanzas, o bailar casino con los Van Van. Que lean a Carpentier, Neruda o García Márquez, pero que se emocionen asimismo con los poemas del Ambia. Que sean capaces algún día de marchar al combate y morir por Cuba llevando en su pecho la foto de la mujer amada, como el Apóstol protegía su pecho con la foto de María Mantilla.

Para suerte nuestra, en Cuba el Homo Lumínicus ha proliferado en mayor medida que en otras tierras del mundo. Martí, Villena, Pablo, Mella, José Antonio, Frank, Abel, Che, Fidel son los paradigmas de la especie.

Y ahora la gran pregunta, la de los cien mil pesos como decía mi abuela, ¿Perteneces a esta especie de hombres luminosos? Yo creo que el asunto no es si perteneces o no, sino si luchas por incluirte en la vanguardia de tu tiempo y de tu generación. Algunos llegarán más lejos que otros en el largo camino de la evolución, pero es innegable que el deseo de auto superación juega un papel importante en la búsqueda de la perfección del alma, que es el supremo ideal de la especie.

Por fortuna en estos días he conocido a un pueblo de Homos Lumínicus. Viajé con otros compañeros hasta la región Oriental. Allí, casi en el hocico de nuestro Caimán, que visto desde el avión se comprueba que es enteramente verde, conocí a las mujeres y hombres del níquel, y del Instituto Superior Minero Metalúrgico de Moa. A pesar del polvo rojizo que flotaba en el aire, todo el tiempo tuve la impresión de encontrarme en un día sin noche, donde gracias a los Homos Lumínicus que allí habitan, nunca tuve la sensación de extrañeza que se siente al partir de nuestra Patria Chica, puesto que la luz que emitían hizo de la noche una mañana luminosa.

También encontré una elevada cantidad de lúmenes entre las compañeras y compañeros que componían nuestra Delegación de Evaluadores del Ministerio de Educación Superior. Nuevas amistades que aspiro a mantener por el tiempo de vida que tengo asignado. Fueron días maravillosos que nunca olvidaré, y que han motivado estás reflexiones, que no pasan de ser un conjunto de pensamientos que me afloraron desde la raíz del músculo cardíaco. Gracias, a todos los que motivaron este ejercicio intelectual, al cual no se muy bien si llamarle todavía crónica.

El sábado, parafraseando al Apótol, sin sacudirme aún el Polvo Rojo de Moa, marché junto a mi niño en el Desfile del 1º de Mayo, y mirando los rostros de mis coterráneos percibí en ellos el mismo halo de luminosidad que despedían los hombres del níquel. Corroboré, como creo que estoy haciendo desde que abrí los ojos en mi gentil Yucayo, que sin temor a caer en chovinismos estúpidos, Cuba es un país de Homos Lumínicus.

Perdonen si en esta crónica me he excedido un poco en la extensión, pero hoy, mi pluma corre sobre el papel, a la misma velocidad de la luz que emiten los benditos seres que he descrito. Gracias a los que compartieron conmigo su efluvio en estos días. Creo que ellos me han ayudado a encaminarme por la senda de mejorar mi estirpe de hombre.

Eduardo.

2-05-2004

PD: Marcelino, no sé si es la crónica que esperabas, pero fue lo que me salió de entre el pecho y la espalda.

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