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Archivos Mensuales: octubre 2012

Cinco minutos para Hugo Chinea


 

“Mi insignificancia no merecía siquiera que usted me dedicara un mínimo espacio en sus heroicos recuerdos”

Por: Leonardo Padura Fuentes, escritor.

París, 3 de octubre de 2012. (Respuesta a la carta publicada el 16/10/2012)

A: Sr Hugo Chinea.

Como usted bien dice, tenemos el derecho a la réplica. Y aunque siempre me digo que no vale la pena gastar tiempo y neuronas en responder ataques de personas a las que las mueven motivaciones inquisitoriales como las que exhibe usted en su réplica/autoentrevista a propósito de mi persona y a propósito de la suya. Pero en este caso tendré la deferencia de aclararle algunas cosas, aunque, la verdad, apenas voy a dedicar cinco minutos a hacerlo. Invertir más de mi valioso tiempo, que por lo general dedico a escribir literatura, sería absurdo.
Minuto 1.
- Creo que si alguien tiene necesidad de mentir para mejorar o borrar momentos de su pasado es usted, no yo. No tengo oscuridades que ocultar, sobre todo oscuridades que hayan podido afectar a otras personas. A usted, sin embargo, por mucho que patalee y por más consignas que repita, la historia (si tiene tanta memoria como para recordarlo) lo condenará. De hecho, ya lo ha condenado. Tanto que, como usted mismo dice, algunos creían que usted ya era cadáver.
Minuto 2.
- Si fuera necesario, podría mencionar nombres de otros redactores de El Caimán Barbudo que se vieron en la misma situación que yo, convocados a rendir cuentas de lo que escribían en aquellos primeros años de la década de 1980. Aunque usted no nos recuerde, diga no conocernos, seguramente ellos lo podrán evocar, como yo, con aquel safari gris que tanto le gustaba usar. Como antes le dije: los que pueden provocar miedo suelen olvidar a sus víctimas. Los que sentimos miedo (y yo lo sentí en aquellos tiempos de inicios de 1980, cuando me “regañaban”), no lo olvidamos tan fácil. Claro, mi insignificancia no merecía siquiera que usted me dedicara un mínimo espacio en sus heroicos recuerdos.
Minuto 3.
- ¿Por qué personajes como usted siempre tienen que pensar, sugerir, decir que quiénes tenemos opiniones diferentes y queremos fijar la memoria del país en que hemos vivido somos resentidos que, además, podemos cumplir con los encargos de otros resentidos? ¿Por qué el hecho de decir lo que se piensa tiene que ser siempre el fruto de manipulaciones? (Lo cito: segun usted yo actúo “como si cumpliera un encargo” o respondiera a “Intereses ajenos [que] parecen  acunarlo entre sus manos y lo  utilizan, aunque tal vez no se dé, o quiera darse  cuenta de ello…”. Parece que se ha puesto de moda lanzar acusaciones de esta índole (y peores) sobre intelectuales cubanos en activo, con no sé que oscuro (verdaderamente oscuro)  propósito. Y cuando habla de la corrupción como algo imposible de concebir en un miembro del Partido, parece que se le olvida los casos que todos conocemos y que, incluso, de vez en cuando salen en nuestra prensa. Y no precisamente por haberse robado unos litros de gasolina, que es algo tan normal…
Minuto 4.
Usted sugiere que mi resentimiento se debe a un fondo oscuro que puedo tener por ser religioso u homosexual. Afirma en un momento de su autoentrevista: “Por la fecha que él señala, años 80, ya estaba reparada, desde hacía varios años, aquella exclusión de homosexuales y creyentes de labores de enseñanza y otras de la vida cultural del país -desconozco si él estaría en alguna de esas situaciones y de ahí su fondo oscuro”, [el subrayado es mío, L.P.F.]… ¿Quiere decir que ser religioso u homosexual en Cuba implica cargar oscuridades morales o políticas? No sé que pensarán de sus juicios los miembros de la comunidad gay y lesbiana de Cuba y los practicantes de las diversas religiones, a quienes usted parece considerar seres de las tinieblas morales, según creo haber leído. Quizás ellos puedan responderle algo al respecto. Por mi parte queda bastante clara su homofobia y su resquemor contra los creyentes.
Minuto 5.
-Sobre el resentimiento y la profesión de practicar el odio al parecer tan grato a personas como usted, dedico este último minuto de mi tiempo a copiar y pegar un artículo que escribí hace unos meses y que si lo lee, puede que le resulte familiar…
Minuto 5 y medio: El hombre que amaba a los perros es Premio de la Crítica Literaria 2011 en Cuba. Además tiene ya otros cinco premios internacionales, incluido el “Roger Caillois”, lo cual, supongo, o quisiera suponer, debe o debería, ser un orgullo para la cultura cubana a la que pertenezco… porque ni soy ni me hago el sueco. Menos cuando se trata de la verdad.
Sin más tiempo para usted y su pobre intento de salvarse acusando a otros, ahí va… Ah, fecho mi respuesta en París… pero estaré en Mantilla, como siempre, (¿conoce Mantilla?) la proxima semana.

LOS HORRORES DEL MUNDO MORAL
LEONARDO PADURA
Las épocas turbulentas generan pasiones que no pueden dejar de ser turbulentas. En medio de esas alteraciones, disputas y luchas por la subsistencia, o por la preeminencia que esté en juego, la posible focalización del interés público en una determinada coyuntura social o política suele propiciar que afloren, con mayor intensidad de lo habitual, las miserias humanas. Una de las más comunes manifestaciones de esas actitudes es la búsqueda de protagonismo y hasta de soñadas dosis de poder y, con ellas, que los individuos traten de colocarse lo más cerca posible de ese reflector alimentado por la energía de la turbulencia, pretendiendo adquirir una corporeidad con la cual jamás habrían podido soñar en épocas, países, sociedades normales.

O, cuando menos, que tales personajes se aprovechan de las circunstancias que, en la atmósfera turbia del temporal, les permiten detentar una cierta cercanía a la luz, desde la cual se erigen aunque solo sea para crear sombras sobre quienes tienen mayor posibilidad de brillar. Una de las estrategias humanamente más lamentables y socialmente más miserables es la de azuzar el odio desde una supuesta o pretendida pureza propia, la de juzgar y proponerse disminuir a los demás con cualquier acusación u opinión denigrante; la de reclamarle a los otros lo que el reclamante, en igual posición o disyuntiva, jamás se habría atrevido (o se atrevió) a poner en práctica. Por lo demás, no importa que la denigración sea falsa, injusta, traída por los pelos: lo importante es que la acusación –o incluso el simple rumor- salga al ruedo y circule, generando cuando menos sospecha sobre el denigrado y, de paso –algo muy ansiado- interés en la integridad del denigrante. Momentos dorados de estos personajes han sido las décadas del estalinismo (no solo en la URSS), los años del fascismo, los tiempo del maccartismo: épocas turbulentas, muy similares, por cierto, en sus capacidades para las destilaciones de odio.

Los cubanos, fácil es advertirlo, sabemos mucho de estas artes de la mezquindad. Una de nuestras historias de odio y envidia más ejemplares ocurrió cuando apenas comenzábamos a ser propiamente cubanos. Su clímax se produjo entre los meses finales de 1836 y los primeros días de 1837 (lo cual, para una nación tan joven, constituye muestra de una larga práctica histórica), cuando el poeta romántico José María Heredia, desterrado en México por sus ideas independentistas, pidió un permiso a las autoridades coloniales de la isla para realizar la que sería su última visita a Cuba, para ver a su madre y a su patria antes de morir. Fue entonces cuando el gran mecenas, crítico, pero mediocre poeta Domingo del Monte, con quien Heredia había compartido una cercana amistad en los días gloriosos de la adolescencia y la juventud, luego de un fugaz encuentro, se negó a entrevistarse con el bardo llegado del exilio.

En una carta enviada a otro de los poetas menores de aquel tiempo, Domingo del Monte exponía las razones de su distanciamiento respecto a Heredia, y con toda intención las revestía de consideraciones de carácter político: nunca,
expresaba el entonces muy acaudalado del Monte, Heredia debió haberse rebajado a pedir una autorización al gobierno colonial para visitar a Cuba. “…Vino a La Habana [decía en aquella misiva] solicitando antes permiso [...] por medio
de una carta […] que no me gustó ni ha gustado a ninguna persona de delicadeza; entre éstas cuento al mismo Blas [de Osés, también amigo de Heredia], que desaprobó un acto de sumisión semejante… [Heredia] Perdió un prestigio
inmenso poético-patriótico, tanto que la juventud esquivaba el verle y tratarle. Él, sin embargo, dice y cree que no ha cometido ninguna acción villana que lo rebaje, y extraña que se lo juzgue con tanta severidad.” Y en una carta dirigida al propio Heredia, en la que inventa justificaciones para sus “desencuentros”, llega, en cambio, a calificarlo de “ángel caído”.

Como muchas veces suele ocurrir, el en apariencia vertical Domingo del Monte, desde esta época emparentado por matrimonio con un poderoso clan azucarero- financiero, sería el mismo que unos pocos años después de haber escrito estas cartas, temeroso ante el rumbo tomado por los acontecimientos en Cuba, se vería envuelto en la denuncia de la existencia de un complot inglés para promover la independencia cubana. Según algunos historiadores, su delación dio lugar a la llamada Conspiración de la Escalera, que costó la vida a cientos de negros cubanos, presuntos confabulados, cruelmente reprimidos. Mientras la isla se removía con ejecuciones y encarcelamientos, del Monte huyó a Europa, a pesar de que nunca fue formalmente acusado como conspirador y de que, en varias ocasiones, se manifestó públicamente contrario a cualquier intento independentista.
En realidad, detrás de aquellas palabras y actitudes de Domingo del Monte con respecto a José María Heredia, en las que exprimía al máximo la complicada situación del gran poeta, se escondían dos poderosas y muy mezquinas razones: la primera, la más peligrosa, era que precisamente Heredia conocía de los pasados devaneos y oportunismos políticos del ahora gran mecenas de la literatura cubana, una historia que provenía de los días lejanos en que Heredia se había enrolado en una conspiración independentista y del Monte –descubierto el complot por las autoridades- se había esfumado del mundo civilizado para ir a esperar el paso de la tormenta represiva en un pueblo todavía hoy tan remoto
como Guane, en el casi despoblado confín occidental de la isla. La razón de su actitud de 1836, obviamente, implicaba una estrategia de ocultamiento de pecados propios a través de la exhibición lacerante de posibles deslices ajenos, criticados con acritud en misivas y charlas que, él bien lo sabía, trascenderían al espacio público.

La segunda razón, más evidente aún, es que José María Heredia era considerado por entonces la más importante voz lírica de Cuba, una de las más notables de América y del ámbito de la lengua española, mientras del Monte solo había llegado a ser un pergeñador de versos mediocres. Esta otra razón, en aquella época y todavía hoy, se llama envidia y se destila a través del odio y sus múltiples manifestaciones encaminadas a escamotear la grandeza a la que resulta imposible aspirar por méritos propios (un tema sobre el cual Milos Forman nos regaló su célebre Amadeus)… un sentimiento que germina silvestre en los mundillos literarios. Y con especial fertilidad en los cubanos, donde resulta más fácil hallar vituperios que elogios. Dentro y fuera de la isla.

Pero lo más significativo de esta dolorosa relación marcada por la mezquindad, revelada allá en los tiempos germinales de lo que ha sido la cultura, el carácter, el espíritu cubano, resulta la artimaña de cómo Domingo del Monte esconde tras supuestas integridades ideológicas y principios políticos, una incontrolable envidia artística crecida hasta convertirse en odio.

Si me detengo en una historia tan lejana en el tiempo, propia de unas circunstancias ya inexistentes en sus detalles propios, es porque su contenido humano tiene no solo un carácter ejemplar, sino, sobre todo, permanente. Más aun: espantosamente actual. La estrategia de atacar “al otro” para, con esa cortina de humo, ocultar biografías bochornosas, miedos vividos, valentías nunca mostradas, participaciones que luego resultan molestas dentro de la nueva biografía re-creada, ha sido y constituye una práctica cubana a la que han acudido personajillos de las más diversas filiaciones políticas y cataduras morales.

El recurso de esgrimir purezas ideológicas (utilizadas más de las veces, en realidad, como escaleras para ascensos sociales y hasta económicos), supurar odios viscerales como si se tratase de urgentes actos de justicia, y vomitar
toneladas de envidia por el éxito del otro, por la actitud más limpia, por la consecuencia y el valor del riesgo y el sostenimiento de la verdad (siempre del otro), forman parte de una realidad con demasiados representantes dentro y
fuera de la isla, profesionales del odio y el ataque artero, al estilo delmontino, a la manera de los Salieri.

Estos voceros de la intransigencia política, artística y hasta moral, se visten con los uniformes de militantes de las ortodoxias extremas, disfraces de los cuales se valen para, más con mezquindad que con verdadero espíritu de denuncia o amor a la verdad, hacerse un espacio en las estructuras de poder o de influencia, tomar una corporeidad que nos les pertenece gracias al reflector de la turbulencia… y denigrar a cuantos les resten alguna luz.

La “democratización” que ha propiciado la Internet, con las revistas digitales, los sitios webs y los blogs, han alimentado el florecimiento de una plaga de estos individuos. Cierto es que estos medios, en efecto más democráticos por su accesibilidad (más que complicada dentro de la isla), han propiciado una vía de expresión a personas honestas y valientes que, incluso, en ocasiones han puesto muchas cosas en riesgo por expresar sus opiniones. Pero también es innegable la abundancia de oportunistas de toda laya que, gozando de disímiles protecciones (incluso de grupos de poder), o en ocasiones hasta escondiendo la propia identidad tras seudónimos, se dedican a la denigración de quienes se les oponen, molestan o ponen en evidencia. O simplemente a aquellos a los que envidian, por razones muy similares a las que movieron, hace casi dos siglos, a Domingo del Monte: el ocultamiento de pecados propios y el odio al
éxito que ellos nunca alcanzarán –entre otras cosas por la debilidad que les emana de su propia catadura ética.

En París, La Habana, Madrid; en un campamento cubano de trabajadores voluntarios; en Miami o en Holguín… en cualquier parte afloran, rumian sus envidias y exhiben sus odios estos seres nefastos con los que a muchos cubanos,
artistas o no, nos ha tocado convivir en nuestra turbulenta época. Entonces no resulta para nada extraño que en su célebre “Himno del desterrado”, poema que él solo bastaría para inmortalizar a su autor y para superar, de paso, toda la obra literaria de Domingo del Monte y sus acólitos, José María Heredia, con poco más de veinte años y ya sufriendo el exilio, haya debido exclamar, pensando en el destino de su patria y, seguramente, en las actitudes de algunos de sus compatriotas:

¡Dulce Cuba! ¡en tu seno se miran
En su grado más alto y profundo,
La belleza del físico mundo,
Los horrores del mundo moral.

Derecho de réplica a una memoria falseada: Leonardo Padura miente


Por: Hugo Chinea

(Hacemos un esfuerzo por superar las dificultades tecnológicas recientes y hacemos llegar a ustedes una carta que circula de mano en mano. Se trata de la respuesta de Hugo Chinea a Leonardo Padura en una polémica que lleva ya varios meses y comenzara con una entrevista que ya publicamos. El próximo jueves publicamos la respuesta de Padura a su interlocutor, detrás de este debate se encuentra la memoria histórica de una nación y el rumbo de la política cultural cubana) LJC

 (PREGUNTAS POSTERGADAS A HUGO CHINEA)

Amigos y compañeros de diferentes ocupaciones, incluyendo intelectuales del medio, sorprendidos por lo dicho por Padura, me han hecho  llegar por diferentes vías sus propias preguntas y evaluaciones sobre el tema que motiva este texto, donde las tomo en consideración aunque, finalmente, no es más que una réplica personal. He preferido organizarla en forma de preguntas y respuestas para evitar un relato espeso, y facilitar su lectura y comprensión.

Pregunta: Amigo Hugo Chinea,  apenas salió la entrevista de  Harold Cárdenas Lema a Leonardo Padura, meses atrás,  donde éste te señala de cuando él y otros jóvenes escribían cosas críticas en el Caimán Barbudo, hemos procurado hacerte éstas, que son tus propias preguntas. Ahora, eres tú quién nos convoca. ¿A qué se debe?
Respuesta: Bueno, ustedes me han estado presionando con eso de “el que calla otorga”. Y miren, eran cosas encontradas, y no terminaba de decidirme. Como ustedes saben, yo le dirigí un correo a Padura, que después hice público en la red, pensando que era un gazapo de él, que se había equivocado de nombre, una manipulación del entrevistador, en fin…porque no podía pensar que fuese una mentira intencional. Tenía otro concepto de su persona. Yo jamás le he  visto la cara personalmente. Lo que él dice no es verdad, así, sencillamente. Una falacia. También esperaba que alguno de ustedes lo desmintiera…
P. Hugo, Padura dijo: “Cada vez que se escribía un artículo que por asomo pudiera ser asumido como una crítica, inmediatamente eras citado para una reunión en el Departamento de Cultura del Comité Central. Esperabas en el Consejo de Estado una o dos horas hasta que te conducían a la oficina del que era jefe en esos momentos del departamento, Hugo Chinea, te echaban una descarga, te amenazaban y te decían que no lo hicieras más”
R. Eso es absolutamente falso. El Caimán Barbudo era, y es, hasta donde sé, una publicación adscripta a la Unión de Jóvenes Comunistas, su órgano
cultural,  con  Director, Jefe de Redacción, su Consejo, y demás. La Unión de Jóvenes Comunistas tenía su Departamento de Cultura, entre cuyas funciones estaba esa publicación. En el Comité Central., yo  era el  Jefe de la Sección de Cultura de un Departamento que incluía la Educación, la Ciencia, el Deporte.  El Departamento de Orientación Revolucionaria  atendía la prensa y no creo que el Caimán estuviera en esa prioridad, porque pertenecía a la Unión de Jóvenes Comunistas. Se trata de una publicación más bien dirigida a los jóvenes. No era mi lectura habitual,  aunque lo consideraba un espacio útil para la juventud, no estaba entre mis lecturas prioritarias de entonces. Él habla en plural, de manera que otros jóvenes  que escribían críticamente  en esa publicación eran llamados por mí para “echarles una descarga”, “amenazarlos” y decirles “que no lo hicieran más”. Si de repente, por cualquier razón tuviera que dar los nombres o presentar a esos otros, tendría que fabricarlos, porque no existen esos que hacían antesala  ¡por dos horas! en el Consejo de Estado o en el Comité Central. El se hace el sueco, no sabe bien el lugar, porque lo que le interesa es depositar su cagadita de mosca en el mantel. El Partido nunca tuvo una oficina “para velar por la pureza ideológica de los intelectuales”
P. Padura dice que después pasó a trabajar al periódico Juventud Rebelde, donde: “A pesar de que llegué con el cartel de problemático-ideológico a la dirección de ese periódico, donde también las personas que la conformaban eran cuadros de la UJC, no les importaron mucho mis “antecedentes” ¿Cómo se explica, Chinea, que suponiendo tuviera realmente problemas con el Partido cuando era un principiante “problemático”, después lo llevaran al periódico de la Unión de Jóvenes Comunistas, el periódico de esa organización política?
R. Porque simplemente miente con  eso de los regaños en el Comité Central. Parece una persona resentida, amargada, con cierto delirio de persecución. Siente “miedo, mucho miedo”. En todo caso Juventud Rebelde, al admitirlo, pone de manifiesto la apertura de nuestra prensa revolucionaria al darles cabida a los jóvenes críticos.
P. ¿Cómo explicarías que solamente toma tu nombre y cargo para acusarte, habiendo tenido tantas dificultades en su vida profesional con diferentes personas como él dice?
R. Esa  pregunta me la he hecho más de una vez. También muchos de ustedes, y solamente encontramos una razón: implicar al Partido,  como si cumpliera un encargo. Tal vez me creyó muerto y era más fácil  utilizar a un cadáver. También  puede ser resentimiento, tal vez. ¿O será porque cree que la Revolución está tabaleándose, débil, moribunda, y entonces es el momento propicio  para, a través de un antiguo, olvidado y “muerto” funcionario, atacar al sistema? ¿Cumple con su ego de protagonismo para una era pos Castro? ¿ El encargo es de otros por idénticas razones? ¿O es el mareo de un “complejo de Altura”? Por la fecha que él señala, años 80, ya estaba reparada, desde hacía varios años, aquella exclusión de homosexuales y creyentes de labores de enseñanza y otras de la vida cultural del país -desconozco si él estaría en alguna de esas situaciones y de ahí su fondo oscuro-,  que como resultado del consenso del I Congreso de Educación y Cultura (abril de 1971), en el que participaron intelectuales y dirigentes de esas esferas, fueron adoptadas. Cuando ese Congreso, que empezó siendo de la educación, al que se le incorporó el tema de la cultura en el camino,  todavía transcurrían  los años inmaduros e ingenuos en que pretendíamos crear un paradigma de sociedad y un hombre nuevo que la sustentara. Después vino el I Congreso del Partido (1975), donde se aprobó una Resolución sobre la Cultura artística y literaria, que sentó las bases de una verdadera política. Allí no se habla de realismo socialista, ni de restricciones a la creación por razones de preferencia sexual o religiosa, escuela o tema alguno. Se proclama la creación libre. La  plataforma de ese texto es la de Fidel en su Palabra a los intelectuales. Me cupo el honor de ser delegado y además compartir con Juan Marinello y Haydee Santamaría, como vice-presidente, la Comisión que trabajó en su elaboración y debatió después el texto en el I Congreso. Como no se ha sustituido por otra, debe estar vigente todavía, lo que pasa es que nadie la  recuerda ya, ni, por supuesto, se toma en cuenta.
P. Entonces tú aseveras  que el partido es responsable de la política que se sigue en el país.
R. Si. Claro. El Partido es el responsable, en primera instancia,  de la política en la cultura y en todo lo demás. Es responsable, con Fidel a la cabeza,  de haber conducido al país en una lucha sin precedentes por su libertad, independencia y soberanía. Por defender y alcanzar los logros inobjetables en la redistribución de la riqueza nacional, en ocupar lugar tan destacado entre las naciones del planeta. Suyos, con el apoyo siempre del pueblo, son los enormes logros que terminaron con el analfabetismo, la desnutrición, la miseria, los éxitos en los programas de salud, la victoria de Girón y del Escambray, el enaltecimiento de la cultura y  sus protagonistas, como nunca antes.  También lo es, desde luego,  de los  errores, muchos de los cuales se ventilan hoy en día en un proceso de reformas que deben ser estructurales. Mientras el Partido no se separe definitivamente del Estado y pase a jugar el papel que verdaderamente le corresponde, le toca todo, hasta lo que no es propiamente de el.
P. ¿Y sus cuadros, sus funcionarios, son responsables también de los errores y las deficiencias?
R.  Desde luego. Les corresponde llevar adelante la política. Personalmente, me siento tan responsable de todo como el de mayor jerarquía en el Partido y su estructura de trabajo. Es un verdadero honor haber servido desde el Partido a los esfuerzos del país. Y como eso compartir también los errores. Se nos puede acusar de  ser muy jóvenes e inexpertos, con responsabilidades que a muchos nos superaban, a mí entre ellos, estar llenos de ideales grandiosos, de  altruismo, de decisión de entregarlo todo, de estar en la batalla, no en las bardas. Pero de lo que no soy responsable, en absoluto, porque no es verdad,  es del papel de represor  que Padura pretende colgarme. Algunos conocidos que trabajaron en el Caimán no recuerdan semejantes procedimientos. Si eso realmente hubiera ocurrido, no tendría ningún reparo, en absoluto, en reconocerlo.
P. Otra cosa, Hugo, él hace aseveraciones verdaderamente comprometedoras con el honor y la moral, nos parece. El dice  “Ellos (refiriéndose a los funcionarios que enjuicia) aplicaban al extremo la política del Estado. Yo creo que ese tipo de funcionarios ante la duda siempre dice que no, y la duda puede estar presente en cualquier cosa. Son personajes que defienden los pequeños o grandes privilegios que tienen, algo típico del pensamiento burocrático, los defienden como los bienes más importantes. Y la reacción de nunca contradecir lo que viene “de arriba” y siempre que sea  necesario por alguna coyuntura aplastar lo que se origina abajo, sencillamente lo aplastan para no contradecir a los superiores.” “No es casual que en determinadas circunstancias favorables esas personas terminen cometiendo actos de corrupción porque al final o desde el principio,
la defensa a ultranza de una posición social, más que la responsabilidad que entraña esa posición social, es un acto de corrupción. Si por 80 litros de gasolina y las tres o cuatro prebendas que existan, eres capaz de aplastar cualquier posibilidad que no tiene nada que ver con una posición
contrarrevolucionaria, entonces eres corrupto.”
R. Ahí tienen. ¿Qué es todo eso si no una vileza? ¡Hasta  corruptos! “¡80 litros de gasolina y las tres o cuatro prebendas!”. ¿Qué es eso? ¿Está en su
sano juicio? ¿Desconoce que para trabajar en el Partido debías tener en tu vida personal  y social, en tu trayectoria,  una conducta moralmente intachable? Creo que esta norma sigue vigente. Nuestros salarios eran de los más bajos, el que más ganaba eran 400 pesos, que era  el salario de un ministro y se consideraba el tope, ese era el rasero entonces. Yo ganaba 360 pesos y con ese dinero y poco más de 40 años de trabajo me jubilé. ¿Dónde está la corrupción? Este personaje tiene ínfulas de celebridad. Se está dejando conducir, concientemente, o no,  a posiciones muy cuestionables desde el punto de vista intelectual y político. Quien calumnia tan  infundadamente no puede cumplir más que un rol, no de disidente -disentir es de revolucionarios, por eso lo somos-; para mí, de una perspectiva  anti-Partido y anti-revolucionaria, consciente o no. Intereses ajenos parecen  acunarlo entre sus manos y lo  utilizan, aunque tal vez no se dé, o quiera darse  cuenta de ello… Es una lástima que nuestra prensa no recoja también este tipo de  discrepancias. Que se sepa quién es quién. Estoy de parte de los que analizan nuestra realidad y señalan el papel poco efectivo de la prensa, acostumbrada por largos años a ese secretismo impuesto por una época e instancias superiores orientadoras, también de su reanimación en los últimos tiempos, todavía insuficiente. No creo que sea un déficit de los Directores, y menos de los periodistas. Más allá existe un pensamiento aún agarrotado. Es un tema muy  complejo, porque también la burocracia dificulta y obstaculiza las fuentes de información y muchas otras cosas que requerirían de un análisis profesional y ponderado. La burocracia y su manera de pensar y actuar parece sembrada muy profundamente y  tan espinosa como el marabú. Nuestros medios  necesitan mucho de la crítica honrada, revolucionaria.  No de los infundios, como me refirió una colega de la prensa,  muy profesional y prestigiosa, calificando la conducta de Padura, “quien en el mejor de los casos resulta un resentido-confundido o simplemente un partidario del capitalismo “light” que busca su espacio en ¿ese  futuro pos Castro?”
P. Una última cosa. A propósito de esa entrevista de Padura, hemos  escuchado, en más de una ocasión, que se trata de cinismo, y no falta quienes asocien ese cinismo con el Hombre que amaba a los perros. Más que una “perversión de la utopía”, es un manifiesto anticomunista por excelencia.  Padura no es comunista, y eso no es obligatorio, tampoco lo es ser socialista o revolucionario para escribir, desde luego. Pero, fíjate, cómo los protagonistas y secundarios, con sus nombres propios,  figuras históricas,  en un contexto histórico muy complejo, aparecen totalmente deshumanizadas. Seres perversos, envilecidos, corruptos, reducidos a la más increíble y asfixiante degradación. Mercader aprende a matar asesinando vagabundos indefensos que ponen al alcance de su mano…Es una novela cínica. ¿Quieres opinar?
R. Sobre la novela no, aunque coincido con esas apreciaciones.
P. ¿Algo más?
R. Decirles que me siento aliviado de no emplazarlo en público, como había considerado… ¿saben que existe una figura jurídica para  estos casos, que comporta multas o prisión? Pero me considero  una persona decente. No  me anima un aliento de venganza o represión. Es el derecho de réplica. Por la naturaleza de sus  imputaciones, me asiste la razón. Mís, nuestras, consideraciones, van dirigidas sobre todo a los contemporáneos,
y particularmente a nuestra joven intelectualidad, para que no se dejen confundir y piensen. Gracias a los amigos, por su insistencia y  contribución a los borradores de este  texto.
Esta  es mí, nuestra,  respuesta postergada.

 

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